La espiral de su oído lucha en vano contra el ruido. Convive con altas vibraciones. El griterío sistemático lo enloquece. Lo enturbia. Una atmósfera sonora lo envuelve y busca, como la ostra, cobijo en su concha y su pereza. Su silueta, desdibujada por el tímpano, se sumerge en ese profundo abismo, como la noche, única esponja de toda voz. Ya no tolera ni la música. Sólo la lenta anestesia del anís. Ese tornillo alcohólico se funde con la espiral de su oído. No disimula su transformación. Su triste paraíso. Odia las sonrisas estentóreas. Implora y ordena el silencio. Pero nadie calla. Él se queja. Se queja del mundanal ruido.
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¿Y qué tal si, antes de ir a la procesión, o al volver de la playa, o
antes o después de tomarte una cerveza en una terraza de Valencia, te pasas
por aq...
Hace 3 días.


