Llegó como la pólvora. Me dijo que venía de China y me ofreció fortuna, fuerza y sabiduría. Claro está que no le creí ni una de sus palabras de fuego. Yo sabía de Níðhöggr y de Fafnir dragones nórdicos que despertaban el caos y la codicia. Me saco la lengua y se subió a mi sillón como gato mitológico.
No lo contrario en nada. Escucho sus movimientos, a veces como agua, otras como viento.
No le gusta la fotografía, por eso en mi cuaderno lo he dibujado.
Lo he adoptado como mascota. Dice que tiene más de seis mil años de historia.
No lo pongo en duda.
¿Y ustedes?
















