Ahora, después de los años de fumador implacable se pregunta si valió la pena ese humo melancólico que le acariciaba la cara. El gusto se le aviva con los años a pesar de que las buenas compañías se fueron.
Aniñado, aún enciende fósforos y finge saborear ese olor penetrante de sus habanos.
A las tres de la tarde me avisaron de su partida. Aún conservo sus sonrisa de miudo.











