Mal llegó el príncipe, corrimos a cerrar el libro.
Su rostro recuerda los viajes en tren. Sus ojos tiemblan como su voz. Al mirar al gran espejo de la sala, reconoció el paquete de años en su corbata azul. En un rapto de belleza consumida arrojó el cepillo de plata. Al romper el espejo el Sr. Bert, sintió su cansada juventud renacer al no tener nunca más el reflejo. De vez en cuando se tapa el rostro y baja la escalera hacia el sótano, se queda oscuras y reconstruye el semblante juvenil extraviado.
Relajado, no piensa ir a su funeral.
Renzo Redondo siguió la línea de sus padres: ir siempre por la sombrita. Delicado de epidermis salía de casa por la Avenida del Consuelo, doblaba a la izquierda enlazando con la calle de la Sombra, hasta llegar al consultorio del Dr. Demetrio. Después de la espera de una hora salía con un listado de pomadas y píldoras que terminaba con casi todo su salario. Entraba en la farmacia de la calle Pensacola. Esperaba que la sombra llegase para salir corriendo. Después de cinco cuadras, llegaba a casa escaldado y sudoroso. Respiraba profundo y comenzaba a sobar todo su cuerpo con la pomada de color verde. Árnica y alcanfor llenaban la alcoba. Perfumado entraba en un sueño vigoroso.
Al levantarse veía como delgada piel se engomaba en las sábanas. Gustoso de cambiar de piel, fue al armario y saco su disfraz de labrador. Ladró forzudo y moviendo a la cola comió de las croquetas dejadas el día anterior.
Fue a donar sangre. Suceda lo que suceda está tranquilo. Su tensión nerviosa disminuyó y el clavo de Esperanza no se ha movido.
Su novia era una sinfonía de desprecio a sus semejantes. Por eso el dona sangre. En su mundo hay frío. Una hereje ciática lo consume.
Considerando que el amor es un diorama. Un estudio famélico de sentimientos. Me da pena mirarlo pasar por mi espejo. Me confundo, y ya no sé si puedo yo también ir a donar sangre.