Evocando tristes memorias, ella tenía ese goce extraño de caminar las calles vendiendo flores. Su juventud pasó revuelta entre perfumes de rosas y amargos cardos, así, en ese puro romanticismo, como un idilio salvaje, erguía su fino talle entre las esquinas y en las cuencas de los ojos que la miran pasar. Su piel, azulada, como nido de múltiples hormigas, caminaba con la sonrisa deshojada. Era inexorable que poco a poco sucumbiera austera como una Xochipilli urbana. Yo la miro pasar y una dolencia de perfume me queda. Pero soy injusto, ella como buena vendedora, nunca se arredra y ofrece con pasión ese goce extraño, con ese celaje de inmensa sabia de mujer que florece.
UN ABRAZO EN ATTICUS
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El otro día visité una librería preciosa en el corazón de San Vicente del
Raspeig. Por un instante, me sentí dentro de la inmortal novela de ...
Hace 1 día.


