De los momentos pasados convalece. De los actos futuros reniega. Si no fuera porque vive en un piso con dos habitaciones frente a la gran avenida ya hubiese enloquecido. Sus padres lo corrieron cuando tenía quince años, al descubrir que habría la caja registradora de la venta de pan. De poco a poco juntó una pequeña fortuna. Compró un apartamento para vivir a sus anchas. Desde entonces sabe que la independencia si no tiene suficiente levadura no levanta. Mirar a la gente pasar y al comprobar que tiene una vida visual se consuela.
En la calle El Recreo junto a la Avenida Consulado se asoma Ricardo Ledesma, levanta la mano y saluda.
Pasan días sin que alguien le responda. No pierde la esperanza y registra las negativas. Sus hábitos son congénitos.


