Fue a donar sangre. Suceda lo que suceda está tranquilo. Su tensión nerviosa disminuyó y el clavo de la esperanza no se ha movido. La aguja sonríe en un fondo blanco que se confunde con los dientes alineados de la enfermera. Una mochila berrea afianzada por los brazos de la niña que desobedece el pellizco de esas uñas rojas recién manicuradas.
La sala está llena, el sol entra insalubre por las sucias ventanas del fondo. Se sentaron en unas sillas negras.
Su novia era una sinfonía de desprecio a sus semejantes. Por eso el dona sangre. En su mundo hay frío. Una hereje ciática lo consume.
Considerando que el amor es un diorama. Un estudio famélico de sentimientos. Me da pena mirarlo pasar por mi espejo. Me confundo, y ya no sé si puedo yo también ir a donar sangre.
Sentado en mi silla negra vi entrar a un chamaco en playera sudando copiosamente. Se sentó junto a la niña que con cara de asco le dio la espalda. Me levanté y di algunas vueltas alrededor de la sala número de vueltas. En eso estaba cuando entró un señor con un impermeable y con su paraguas chorreando. Lo colocó en el bote de basura. Mi turno no llega, posiblemente mi sangre ya se coaguló


