Se fue de la playa. Se fue como pudo. Hizo la vela de su barco. Con el pecho entreabierto. Buscó su atornillada sangre en su cartón de identidad. Se quiso cambiar la piel. Se llenó de sal. No se cruzó con nadie. En pleno centro del océano ya no pudo regresar. Humillado en el vaivén de las olas fue prisión hasta sus últimos días.
¡Hay capitán Pesqueira!, tu codicia acabó con la firme arena de tu horizonte.


