miércoles, 12 de noviembre de 2014

Ciudad en dama



Así, como antigua hermana hermafrodita llevada en la memoria, se construye el suelo verdadero. Lo que fue un lote baldío hoy es una ciudad febril. Si ustedes tienen el vértigo de la llanura es mejor que se queden donde están. 
Se llega cuando uno se columpia entre las tres o cuatro de la tarde, cuando las reservas racionales han quedado suspendidas en una casi placidez inesperada. Es entonces que la miras, más bien es ella la que sale a tu encuentro. El cuerpo es su horizonte y sus predios nunca tienen columnas que compitan con sus altivos pensamientos. Los niños chupan de las ventanas el alimento que les faltó; siempre les falta. La ciudad es un estruendo de olvidos y de culpas, por eso los edificios no tienen escaleras de escape. No puedes pedir ayuda, no tiene ningún sentido. La ciudad es una escultura de sí misma. Una monódica insistencia a la sensualidad. 
Los muros son suaves como muslos y las calles tienen un empedrado semejante a esa costra de rodilla raspada. No puedes pegar en las paredes ningún cuadro o fotografía, cuando lo intentas, al tocar la pared quedas pegado a ella en un abrazo que te hará olvidar cualquier intento decorativo.
La ciudad tiene que ser andada, no hay coches, ni bicicletas y solo puedes ir en un sólo sentido: de norte a sur. Desandar es mal negocio, puede llevarte horas encontrar noción de cuerpo y confundirías los pies con las caderas; los ojos con los codos. No te extrañe si quedas seducido por ese fresco olor que sale de sus alcantarillas, es un olor joven, esbelto, asesino, por eso es tan difícil partir. En esa ciudad nunca se duerme, un mordisco en la oreja nos alerta y esperamos en un escalofrío azulado a que pase ese jadeo del que esperamos participar en algún momento. Es preciso olvidarse de la manzana y sólo como un acto de belleza histórica podemos llevar dátiles. Tampoco vayas vestido de color rojo, ese color esta oprimido por no ser mas que un distractor de realidades. Por las azoteas y los tejados baja una un viento de abanico así que no lleves sombreo, ni cachucha, es de mal gusto.  

Si tu tienes la dicha de llegar nunca sabrás para qué llegaste. Si tu lengua es de nómada, te sentirás a tu gusto ya que no puedes quedarte a vivir en ella. Tienes que circular, por eso nunca verás a nadie por sus calles ni asomarse en las esquinas. La ciudad es sólo para ti, en ese encanto erótico de saberse único.

Tinta /papel

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