Los espejos apuntaban en esa dirección. No había derrota en los
reflejos. Ellas, como las tres virtudes también disfrutaban del día. No parpadean.
La transparencia las retoca con esa
ceremonia de la representación. Se acoplan las infinitas variaciones. Hijas del
tiempo, sus juegos nos incitan o nos distienden. En este teatro la memoria
escurre la llama del erotismo.
UN ABRAZO EN ATTICUS
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El otro día visité una librería preciosa en el corazón de San Vicente del
Raspeig. Por un instante, me sentí dentro de la inmortal novela de ...
Hace 18 horas.


















