Cuando salí de cuba te deje para buscar con la Matancera el futuro que me negaba la isla. No he podido regresar, el éxito me amarra los pies y los labios. Hoy te recuerdo. Te mando esta postal y muchas flores para la solidez de tu túmulo.
Cuando salí de cuba te deje para buscar con la Matancera el futuro que me negaba la isla. No he podido regresar, el éxito me amarra los pies y los labios. Hoy te recuerdo. Te mando esta postal y muchas flores para la solidez de tu túmulo.
Septiembre es de Sor Juana Inés de la Cruz, brillante luz del conocimiento. Todos azorados miran la respiración de la inteligencia. Nada le fue ajeno, ciencia y poesía es un continuo, por eso Juana de Asbaje, siempre procuró
“Poner riquezas en mi entendimiento
Que no mi entendimiento en las riquezas “
Siendo las ráfagas de viento exiguas la condensación de los ánimos se caldearon.En el corredor de la casa se escucharon lamentos simples y cotidianos, por eso no les dimos importancia, hasta que un olor picante se metió en nuestros cuerpos. Una linea blanca nos contorneaba. Mudos y hechizados pasamos dos fines de semana de espanto.
Hoy, que salimos del hospital estamos convencidos que las “peixinhos da horta” no fueron los culpables.
Sus manos diminutas se incendiaron cuando tuvo amoríos con una Potestad. No se tocaron. Era de noche en San Fernando. Le tomaba fotografías sentado en un banco del bosque de Tlalpan. Nunca lo tocó. Solo aporías de mente. Cuando se enteró de sus suicidio. Se incineró. Él tenía treinta y cinco años y tenía trabajo. Tenía dinero en el banco y muchas fotografías de ángeles y potestades.
Nos invade una pena unísona. Lo recordamos en toda la colonia, aunque sepamos que las categorías angélicas no se suicidan.
La sorpresa le llegó con intervalos. Cada hora un ligero timbre avisaba que pronto llegaría la fama. Cuando llegó, se miró en el espejo antiguo de la abuela. Se estrangula su imagen. El insomnio lo dejó como el coqueteo con leche. Se cubrió de vergüenza y en un exaltado brinco el amor por los objetos le perforaron la lengua. Al salivar, esperó que los instantes se abrieran carnales.
De boca a boca cuentan que entró en colapso. Un drama lúbrico quedó en celo.
No te sorprendas si te encuentras cohibido al leer su biografía.
El vaivén de su cuerpo era como la letra U. Sube y baja sus pendientes como si fuera la travesía velada del alfabeto. En ocres, las palabras han quedado en su pasado y la levedad de su ubérrima siesta lo alcanza y lo deja con los párpados temblorosos.
Un aire usado se respira en el silencio de sus cuadernos. Inflamado su uréter le provoca un desplante oblicuo. Es al uso un hombre urbano. Negras sus manos ululan las estrofas de una U que se peina en honor a su patria uruguaya.
Comprendemos que la uña del vocabulario le es indiferente.
El psicoanálisis no atina a darle dimensión humana en este teatro uniforme.
Urías, se llama para mejor seña.