El mitológico mundo interior se pasma cuando las corrientes de aire vienen de Esparta. Espero con estoicismo que lleguen los vientos de Atenas, porque la A, siempre es la primera.
El mitológico mundo interior se pasma cuando las corrientes de aire vienen de Esparta. Espero con estoicismo que lleguen los vientos de Atenas, porque la A, siempre es la primera.
En el torbellino de la O, la trenza del mundo se enmudece. Solo una nota al pie de página se distingue entre las risas de Ernest Tinchan, con su porro encendido.
Esta tarde en Oporto, tiene el frío húmedo como la O que aludo.
No admitía palabras. A Sebastián, “el callao”, le gustaba andar de noche entre los dormidos. En relieve las pausas son los suspiros de la sombra.
Era un salvaje nocturno. Se comía el alma buena de las taciturnas rojas flores. Él, sentía que la respiración nocturna es una larga noche de amante solitario
Un destello terrestre con la expresión de un cátodo buscando encontrar batería, es el ánimo de Carmen Augusta. Un páramo es su historia con manchas de amor regadas por el cielo. Nunca tuvo un consuelo a su herida que página a página rimaran con el lacre.
El sueño es su casa donde lo pueril se deja en la cómoda y en el corazón de estas siestas de las cuatro de la tarde.
Los espejos tuvieron la mirada de niña, ahora los cascabeles rompen los cristales.
Las mejillas se hinchan cuando abre el libro de Ana Magdalena. Toca, y entre partituras derramadas, vuelve el alivio, ese escorpión que la acosa se distrae.
La pesadilla termina con el segundo beso de su novio amortajado