El color al fin de cuentas es una voladura de luz.
Tu cuerpo oceánico deja la lluvia caliente.
Estalla el mundo cuando amanece
y todos los abandonados tienen respiración.
Es dulce conocer tu indescifrable encanto.
Mi estado sólido se derrite.
Relacionar el abrazo es tarea de unir el campo eléctrico con el campo magnético y viajar como onda a la velocidad de la luz.
Todo viaja en onda, por eso cuando encendemos la radio nos encontramos con la clarividencia de Maxwell.
Un abrazo cinético y cuántico.
Un destello terrestre me postró. Nunca tuve razón para salir de mi estado de fervor. Un resquicio se abrió y como atraído por un gran imán fui devorado. Me hice adulto cuando desperté. Un muro enfrente de mi tenía grafitis que no lograba descifrar. Me levanté con las pupilas húmedas. Caminé como un cíclope. Llegue a mi antigua casa. Las paredes pintadas de azul le daban un aspecto de sanidad. Desde entonces, los días son iguales. Me convertí en un salvaje. Un tirano hermético sin futuro.
Si no fuera humano no me dolería.
Las huellas de lobo se instalaron como frutos cifrados de la travesía. Sus instintos eran casi bestiales, seres verdes desventurados llenos de enemigos. Cuando dormían, el álamo dejaba caer el ángel desvelado de las ramas. Nunca tuvieron institutriz que espantara su niñez. Había tres habitantes, como cascabeles usados. Eran apátridas por eso la huella los perturba. Ellos saben que el bosque donde viven sólo habita una encalada imagen de su presente. Están sedientos de intimidad, pero sus días son iguales entre tierra pisoteada.
Huraños, se dejan ver y con ademanes fríos afinan su nariz.
Huele a sudor. Al fin cuadrúpedos.