Hubo una vez un Adán que se quiso cubrir con la hoja y le
quedó chica. Desde entonces nada lo ampara del frio.
Hubo una vez un Adán que se quiso cubrir con la hoja y le
quedó chica. Desde entonces nada lo ampara del frio.
Tiene la H de por medio y por fin. Huerta por parte de padre e Hidalgo por parte de madre. Envuelto en la mudez, sufre por partida doble. Su ayuno de voz es irreversible. Le falta claridad de pecho. Suceda lo que suceda el silencio se le sucede con normalidad.
Yace Enclavado.
Federico, adormeció cuando la F apareció en su campo visual. Fue fácilmente feliz. Feraz fervor fundamentó su figura. Abrazó con fuerza las finuras que lo rodeaban. Furtivamente borró todas las letras anteriores y se fugó para siempre con la fricativa labiodental sorda
Jacinta llegó al salón de clases. Bajo el brazo su libro
de Gracián y en su rostro el semblante hierático de Madame Curie. Sus alumnos,
con el semblante del Periquillo Sarmiento, devoraron la figura de Jacinta hasta
que una sensación orwelliana los dejó ensartados en el pabellón número 6.
Jacinta sin inmutarse escribió en sus notas las
indicaciones para la siguiente clase. El barroco será el tema. No espera tener
alumnos.
Lautaro tenía un hermano llamado Ernesto. Cuando regresaron del río Pánuco. Tomaron desiciones opuestas, Lautaro se fue a vivir a Tampico y Ernesto cruzó la frontera.
Después del incendio. Se escondieron en el rezo de su madre, en los corredores del ausente; en el juego sucio de agosto.
La sombra de los dos hermanos se extiende mas allá del recuerdo.
Mamá se preocupa.
Girar sobre su propio eje buscando el centro de masa de las cosas es la acción más recomendable en tiempos de ruptura. Los ángeles de guardar y los pajarracos urbanos lo afirman.
Abrazo total.
Se cayó en sus brazos como
una lánguida copa de alcohol. La grávida noche se carbonizó en su axila. Ella, melancólica,
tuvo la náusea propia de la taberna. Sus manos, tan parecidas a su pensamiento,
confiaban en la ternura que nunca apareció. Tú, la única bella en desamparo. Tú,
la estatua envuelta en azules. Brindo por ti en mí. Nunca lo supiste. Por años te admiré.
Yo, el abstemio.
La S atada en el ala y las huellas en contrasentido. Así lo
encontramos. Pegajoso el sonido se quemaba en la tierra. Una imagen con cuerpo
y el ritual del vuelo inclinado, envuelto de pesadilla. La caída encontró
suelo. Lo quisimos levantar. Ya forma parte de nuestra historia. Como las
moscas revolotea su presencia desde entonces. Mi tío sugirió cantarle. Le
cantamos música festiva, pero nada, nuestras voces como brumas sólo rodeaban
sus alas. Entonces le ofrecimos una plegaria. El silencio le marcó. Se arrastro
unos metros y como huérfano del viento se abalanzo a su recuerdo.
Sobre el horizonte, sobre una línea naranja dejó su
cuerpo al aire.
Lo vimos flotar como esta vela dulzona que nos ilumina
las manos manchadas de ceniza.