Algunas columnas conmemoran la victoria bajo el mismo cielo tolerante.
Fotografía: Rotunda da Boavista, Porto, Portugal.
Algunas columnas conmemoran la victoria bajo el mismo cielo tolerante.
Fotografía: Rotunda da Boavista, Porto, Portugal.
Empapada la camiseta de alma, el Sr. Flor, lloraba de
amor. Improvisaba todo el día. Su cosmos era un reducto de maseta. Un solo
tallo como cuerpo, esbelto, lento y fino. Inhala el moho lúbrico, orondo, chupa
que chupa la mosca que gira como pantera por sus ojos. Es maniático, dramático como
tallerista de cuento; un paradigma, un trozo lingüístico sin referente. Le
gusta la música de fondo. Baila, mórbido, florece entre el pabilo y el pétalo.
Ella lo vio, la enamorada. Una despótica Ofelia que quería normalidad,
seguridad de hábitos. Era evidente que nacerían lombrices, rencor y
desesperanza.
Pasarán muchos años para encontrar la cura. Quizás un
día, debajo de la tierra el Sr. Flor será capaz de ser pasto de otro brebaje de
amor. Una clara de huevo cósmico y tomar el pulso del mundo que hoy en vano rota
en el injerto del desamor.
Exhausto.
Luces encendidas y la bandera del desertor se miraban oscilar en la esquina de la espera. Era el espejismo de ser tu mismo. Aquella mañana abrió la ventana. No tuvo reparo en escupir dos veces. Una razón oscura lo movía semejante al catecismo de los grandes públicos. Sin embargo, el azar era el mandamás de su vida. No, no, se decía, no seré el canta autor de mi reflejo. No deshojaré la margarita. No tengo entusiasmo. A penas tengo aliento para tomar el autobús a mi medida. Que diga: en trayecto.
Nunca le buscó bronca a la ciudad, aceptaba el ruido de las motonetas y los orines de los perros pertinaces escurriendo en las paredes. No le importaban las cosas como están. A gusto en su hoyo, con su tos y su vino. Sudaba como cualquier hijo de vecino. Sus andanzas son el truco para cerrar esta función.
Incompatibilidad de indolencias.
“Liebre por Gato” tiene la bonhomía de publicarme tres
inéditos.
Gracias Gemma Pellicer. Gracias Fernando Valls.
Los convido y convoco a leer.
De la vuelta de las labranzas, de los remedos, de los rincones;
de las nostalgias de las formas, del tedio del cornúpeta del lápiz, de la
acuarela dromedaria, del parco espacio enano y porno drástico; errante de los diseños,
el bípedo entorno de la forma, sin oficio. Recamado de la metáfora de las
líneas perversas de ideas en resaca y reseca: lumbar de la materia plástica sin
alma calma. Locas de sentido, del íntimo páramo de la lengua; de la conjugación de
la cópula
del tenso eterno, del silencio del próximo dibujo. Rodeado de papeles, de
libros; de ceniza borrada en lienzos de arpillera. Las plazas de la infancia,
las horas de las librerías conocidas y ese remedio de latín oxidado dentro de
mi cuaderno. Rosa rosae traspasa mis huesos, la memoria. Me estiro en el
caballete, el cuaderno, y es latente la primera nuca expresionista. El agua
navegando en el pincel, sin tregua, con el asombro de que un día estuvieron
dibujando autorretratos. Se asoma la ciudad por la ventana y una locuaz palabra
como arteria emprende el vuelo, y un cadáver como estatua comienza a modelar.
Los papeles están en celo, sacan las mentiras en los ocres, en los ultramarinos,
y no hay manera de trabar las puertas, las mesas, los automóviles. Entonces los
diccionarios llegan y de pronto se avientan dulcemente a las vías del metro. No
se puede atardecer si los colores no están completamente secos. La angustia de
que maduren a destiempo nos deja ateridos leyendo estas palabras.
Cansado de carecer de antenas que le
pudieran avisar de los peligros de los jardines que recorre en los alrededores de
la ciudad. No sabe porqué no se aparta de su cuerpo ese silencio muerto; esa
calma sin luna. ¿Qué hacer? Sin horario, mezclado con el barro, con las
lombrices, recluido con esos vecinos rastreros. Un camino, una casa, sus ruidos,
es lo que busca a tientas con los nervios de anélido, de bicho raro. Escucha
las gotas de la lluvia, saluda a los caracoles, les envidia su concha, sus
antenas. Como siempre, rodando a ciegas no encuentra el derrotero. Cuánta
monotonía. Socavan su ritmo vacío. Sólo, entre miles de insectos que saben a dónde
van. Aquí o en otro lado, la tierra le
penetra por las venas, le duele su cuerpo, su cabeza, su recuerdo. Por el
vidrio baja una araña, asfixiada, como si estuviera fuera de propósito. La mira
y encuentra consuelo. Busca meterse entre las hojas y espera a que pasen las
horas. Llorar a lágrima viva hasta que se inunde esta hojarasca lo que resta
del día.
Lo consigue.