Maléfica está triste. Ha manchado el vestido de seda negra que recibio a cambio de su sobrina.
Sale a caminar. Resbala. Se quiebra el brazo.
Doliente en cama, resuelve cambiar de guardarropa.
Maléfica está triste. Ha manchado el vestido de seda negra que recibio a cambio de su sobrina.
Sale a caminar. Resbala. Se quiebra el brazo.
Doliente en cama, resuelve cambiar de guardarropa.
El trayecto fue agitado.
Se acomodaban como podían en el reducido espacio con ese ánimo verde tan característico de lo pequeño. Sin embargo, la canasta de mimbre les picaba el rostro redondo.
No se agriaron, tal era su voluntad de sabor. Cuando entraron a la ensalada una enorme sombra de hojas de lechuga los ocultaron, hasta que un tenedor les abrió su barriga bien cocida.
El río con su frialdad se tragó el reflejo del palacio de los Condes de Bragança. Las gentes comunes de Guimarães lo saben. En ese Palacio sus habitantes tuvieron un futuro que nadie quiso.
En la sala principal todavía se puede ver el retrato al óleo de la Condesa ennegrecido por el barniz dammar, con una grieta a mitad del rostro.
El río aspiró el rostro de los Condes de Bragança a mediados del siglo XIX. Por eso en los campos la imagen del desaliento se empotró en sus antiguas murallas.
La población de Guimarães se acostumbró.
El río indiferente sigue su curso.
Los ojos rehuían de las sombras de algas que en la pared de
agua de mar gruñían. Huraño es el gesto matutino. El vínculo con los labios
inferiores se fue desvaneciendo. La noche se tomó en serio su papel y se comió
de sopetón las despedidas. Afuera nadie responde. El amarillo en duelo, como
foráneo, golpea el empedrado de las calles. La familia duerme en el último
relincho de sus miedos.
Pienso en el sexo y en el corazón, que como flecha se
clavan en la conciencia. He logrado, gracias a la disciplina, un mundo de algas
neuronales arropándome. Ellos guardan silencio.
¿Hasta cuándo llegará la oración pasiva que me de descanso?
Se escuchan llaves.
¿Habrán vuelto?
Cuando la manzana se encontró con la pera en pleno invierno se confundió con el descubrimiento de los continentes.
No te rías.
Las diferencias son plenarias. Son testigos, el frutero y la mano que lava la fruta.