424. Homéricas III
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El hombre, animal lujurioso Marco Denevi (Argentina)Al menor descuido de
Circe, los amantes se le transformaban en cerdos. (Falsificaciones, 1966)La
vue...
Hace 3 días.
No es por la distancia y por mi ausencia que voy a dejar de invitarlos a la exposición colectiva organizada por Fomento Cultural México, en la ciudad de Puebla.
Opulento, como un alarido encima de las palabras, el Amarillo sostenido en Fa Perdido, representa el sonido criollo, con reminiscencias del folklore propio de las Américas. Las inscripciones, mas que partituras, fueron halladas en un viejo baúl que perteneció a los primeros habitantes de de origen andaluz llegados a finales del siglo XVI a las costas de Veracruz. Durante doscientos años estuvo extraviada, pero se tenían noticias sólidas de su existencia gracias al programa de mano, si podemos llamarle así, datado en el año de 1786. En este programa aparece el Amarillo sostenido en Fa Perdido interpretado por alumnos de las Escuela Real de Música utilizando instrumentos de cuerda y viento. Se presume en este programa que esta inscripción o partitura, fue elaborado por un criollo llamado Esteban Rodríguez, músico de oído con un talento, cuentan, sobresaliente. La partitura logró el reconocimiento del Virrey, no obstante el éxito, Esteban se mantuvo firme a sus deseos de independencia, buscando en el llamado folklore su ascendiente musical, despreciando la servidumbre de las cortes. Por desgracia, no se tienen noticias confiables del destino del compositor.
El día estaba afarolado, las nubes giraban en sentido contrario al vaivén del mar. Tenia un mal presentimiento, como si el día estuviera avisado, -esos son lo más difíciles de torear- me decías- Parece que saben para que tiene los pitones. Hoy recuerdo esas palabras y eran verdad, hay días así.
Gemma me lo ha dicho: que vislumbras la posibilidad de visitarme, Juan. ¡Una inmensa alegría me recorre solo de palpar esa posibilidad! Ha sido una larga lidia en donde yo he fracasado por perderle la cara a la situación, acobardarme y brincar las tablas. Mis miedos a dar el paso, mi pánico escénico, esa manera mía de sabotear la felicidad. Arrastro un pasado con mala nota de tienta y no me lo puedo quitar de encima. -Muletazos de castigo tienes que dar para defenderte de la mala leche- me decías cuando te dabas cuenta que mi familia me maltrataba. Yo te culpaba. No entendía que no puede uno ser parida todo el tiempo como si nunca tuvieras libertad. Uno se acostumbra al castigo y manda un gañafón con el primero que se pone enfrente. El primero eras tu y hacías la suerte del Tancredo, sin moverte, esperabas que pasaran mis furiosas embestidas. A veces, y no te culpo, dabas un cuarteo y me ponías unas palabras que parecían banderillas de fuego. Me dolían y mucho, pero ahora sé que estaba codiciosa y no dejaba reponerte. Por eso cuando me dijo Gemma que podías venir, ha salido el sol en mi plaza. No se lo he dicho a mi madre, ya lo sabes, ella te odia porque compite conmigo y piensa que yo tengo que estar en el corral pastando y rumiando mi desgracia de mujer. Ahora comprendo cuando me decías que el triunfo o el fracaso depende del dominio de la situación; que no todo es torear bonito, que se pasa mucho miedo, que se traga mucha angustia y que la faena la tienes que hacerla sola y si es posible en el centro del ruedo. Ahora sé que uno debe querer a un hombre que se planta enfrente del peligro y que esta dispuesto a hacerte el quite con su propio cuerpo para salvarte. Ahora no se que hacer. -Uno tiene que aprender a tiempo - me explicabas simulando un pase natural- el toro te avisa cuando te va a dar la cornada, es un acto de nobleza, te avisa dos veces y si no lo atiendes te mete el pitón sin piedad. Todavía no aprendo, por eso tengo el alma llena de cornadas.
Nos hemos ido a la mar porque la tierra ya no es nuestra Juan. De niños alcanzábamos las esquinas de nuestro barrio brincando con el pie derecho y luego con el izquierdo. Llegábamos a la tienda de Doña Rosita a comprar chocolates Carlos V y mazapanes. Tu a veces no tenías dinero y te quedabas mirando la vitrina. Yo, que guardaba el dinero que me daba mi mamá si me portaba bien y le hacia los mandados, te compraba tu chocolate y a veces me alcanzaba para comprarte otro para que lo guardaras y te lo comieras en tu casa. Me daban ganas de apretar tu boca con mis manos para sentir el regusto de tu cara. Eras mi mejor amigo. Te lo dije antes y te lo digo ahora. Comprendo que te haya entrado la locura y quisieras sentir que te desdoblabas a otra dimensión.
El suelo estaba mojado y trato de adivinar quiénes eran. Se oye como llegan, traspasando los sobresaltos; yo estoy aquí en mi cama, aterido de frío. No consigo calentarme. Llevo dos noches plomizas, pardas como las ojeras del abandono. Era febrero, me acuerdo porque el viento azotaba las ventanas y se metía por los corredores buscando la salida que no hallaba. Yo veo borroso, no alcanzo a distinguir más allá de un metro. Ya debían de estar cerca porque escuchaba sus sombras ruidosas. Me habían dicho que era un vaticinio, que ellos llegarían aunque yo no viese nada. La noche seguía, pero ausente, estaba como muerta, hecha una lágrima.
Había un vago olor de angustia y un blindado desarreglo. Tenía la orientación correcta. Leyó una vez mas: Avenida Lorenzana numero 50.
En paz y en vertical.
Hace cuantos Jaguares que no nos vemos.
Los muros chorreaban orines a pesar de la limpieza de la señora Lucila, que de mañana tenía, entre el jugo del sueño y la modorra, una cubeta llenándose al chorro de agua. Nunca se dio cuenta que el Faisán gozaba trazando su territorio, antes de que la luz hiciera notar el límite húmedo de sus fronteras.
Porque no esta dispuesta