La lluvia giró sobre sí misma. La ciudad impávida se moja.
Atardece sin noticias del otro azul.
Acecho.
La lluvia giró sobre sí misma. La ciudad impávida se moja.
Atardece sin noticias del otro azul.
Acecho.
Regresó cansado y aburrido. Ahora volverá a revisar el silabario a ver si le encuentra sentido a los vocablos aprendidos.
Todo comenzó en un pasillo azul. Son lúcidos, testigos silenciosos, tal vez por estar amarrados al secreto de la guerra. Ellos, fuero un día matinales y flexibles. Hoy son un muro con destellos en un monólogo falto de oídos. Leo y releo. La tarde es de espadas y el olor azul cerúleo ya es memoria. El porvenir naufragó en las esquinas, posiblemente entre Constitución y Dos de Abril. Yo miro esos pasillos como lectura indispensable para compartir con los otros la rigurosa experiencia del abismo.
La carta llegó al medio día, venía de Portugal. Los juegos de lectura fluyen, llega el polvo de los huesos y miro esas iniciales violetas que fueron nombres de estrategas.
Ellos, no pusieron remitente.
Esplendente como un sol de medianoche, que nunca acaba, aunque las vidas cambien, ella caminaba con sus medias rotas, pero con los zapatos a la moda, tacón cuadrado, correas doradas. Provocaba las miradas de mujeres y hombres. La veían con lascivia unos y con envidia otras. Al doblar la esquina, muy cerca del centro comercial, se le acercó una señora vestida de traje sastre que al verla no se contuvo:
- ¡Piruja! Has roto mi matrimonio, le grito con la mano en un puño.
- Yo doy lo que tú no sabes, le contestó meciéndose la peluca dorada. Yo escucho, no reprendo.
Rápidamente cruzó la puerta del centro comercial. La deslumbró la luz neón de la sección de perfumería, tal vez por eso no sintió de donde venía el puñetazo del marido de la mujer ofendida.
- ¡Picadora! le gritó, mirando su reloj. Te pedí discreción.
Ella tumbada en el suelo. Se le corrió el rímel de su empresa.
La ventana quedó abierta y un viento perfumado de alecrín penetró en las narices de Don Sargazo. Lo hizo tambalear, ya de por sí la discusión con su hijo lo dejó ensimismado y con esa turbación propia del desencanto del que quiso dar buen ejemplo y sólo consigue ojeriza. Ya de mañana, a la hora del desayuno, su hijo, estudiante malcriado de dieciocho años, enseñó su boleta de calificaciones. Don Sargazo, sólo miró cuatros y cincos, sólo un seis en Deportes. Su hijo abrió la ventana por si necesitaba saltar, tres metros hasta el suelo no es mucho se dijo.
Don Sargazo, miró la boleta y no dijo palabra. Desayunaron en silencio, el hijo miraba cómo su padre demoraba en endulzar su café. Esperó ver la segunda cucharita de azúcar para levantarse y alegar que se le hacía tarde para llegar a clase. Don Sargazo, lo miró con su libro de instrucciones de gimnasia bajo el brazo, los tenis blancos que le regaló en su aniversario y esa sudadera de los Colts que tan bien le sentaba.
El instante tiene cuerpo y poca alma se dijo mirando fijamente a la ventana. Tres metros de altura no es mucho, se dijo. Nadie se muere de verdad desde esa altura. Se levantó de la mesa y con paso cansino llegó a la ventana, miró y mentalmente se imaginó la caída.
Una semana después, cojeando y con la pierna enyesada desde la cadera al tobillo, su hijo, cabizbajo, con su sudadera de los Colts, se precipitó a cerrar la ventana, para evitar tentaciones y la entrada del olor a alecrín.
Gracias a los editores de la revista Miguel Maldonado y Javier perucho editores de la revista aquí pueden leer mis textos https://unidiversidad.com.mx/articulos/sergio-astorga/
Si lo piensas, junio viene vertical.