Fue una tarde de rompope. La casa, de un gris escueto. Se mecía una bandera de desteñidos colores. Se adivinaba un rojo y un verde. Nada que no pudiera ser cualquiera de las múltiples banderas del mundo.
Así es la vida de las cosas y sus signos. Ella, con su minúsculo universo me negó su beso estrecho como su cintura. Medroso me derrumbé en el sillón. Un abismo se dejó sentir como una hoja desprendida de mi cuaderno de tareas.
La tarde sigue, ya sin rompope.


