El trazo gestual dejó el animo para otros cuerpos.
Relacionar el abrazo es tarea de unir el campo eléctrico con el campo magnético y viajar como onda a la velocidad de la luz.
Todo viaja en onda, por eso cuando encendemos la radio nos encontramos con la clarividencia de Maxwell.
Un abrazo cinético y cuántico.
Un destello terrestre me postró. Nunca tuve razón para salir de mi estado de fervor. Un resquicio se abrió y como atraído por un gran imán fui devorado. Me hice adulto cuando desperté. Un muro enfrente de mi tenía grafitis que no lograba descifrar. Me levanté con las pupilas húmedas. Caminé como un cíclope. Llegue a mi antigua casa. Las paredes pintadas de azul le daban un aspecto de sanidad. Desde entonces, los días son iguales. Me convertí en un salvaje. Un tirano hermético sin futuro.
Si no fuera humano no me dolería.
Las huellas de lobo se instalaron como frutos cifrados de la travesía. Sus instintos eran casi bestiales, seres verdes desventurados llenos de enemigos. Cuando dormían, el álamo dejaba caer el ángel desvelado de las ramas. Nunca tuvieron institutriz que espantara su niñez. Había tres habitantes, como cascabeles usados. Eran apátridas por eso la huella los perturba. Ellos saben que el bosque donde viven sólo habita una encalada imagen de su presente. Están sedientos de intimidad, pero sus días son iguales entre tierra pisoteada.
Huraños, se dejan ver y con ademanes fríos afinan su nariz.
Huele a sudor. Al fin cuadrúpedos.
Entre las hojas del invierno se notan sus maderos, su fría república de cuerpo. Es señor de la noche. Como una catedral, brillan sus ojos y propaga la analogía del negro. Saluda a las constelaciones y asusta a las cabritas que fingen cortesía. Su embestida es elocuente y bajo la devoción del viento embiste su requiem en la plaza pública.
Ningún mensajero recuerda a que estirpe pertenece su nombre. Definitivamente el orgullo le crece y las estrellas evocadoras se desposan con la furia de su mito.
La figura del sol, bajo la huella del jaguar dejó la sorpresa en la angustia de los rostros. Temblando, un aire que colgaba de los dientes, nos dijo, en forma de adivinanza: “el tizne del litoral no tienen nombre en la tormenta”. Conscientes de la advertencia nos refugiamos en la palma de la roca. Luchamos con Ulises y Joseph Conrad. Por la mañana las leyes de la marcha, nos llevaron por una plateada orilla. Desvelados, hicimos el recuento de nuestro varado rostro.
Al tercer día nos miramos al espejo. Trenzamos un efímero nudo. Tristes, nos dimos un abrazo cuando el jaguar, rugió dentro de nosotros.
Nuca volvimos a esa gruta, tanto era la intimidad expuesta.
Era cuatro de octubre, lo recuerdo con el sándalo encendido en mi cuarto.