Escuché su voz. No era mi pensamiento pronunciando mi nombre. Lo sentí muy cercano, con claridad. Pregunté dónde se había metido. En fenicia, me dijo. Lo sentí voluptuoso, con una mirada extraviada, casi culta. Se parecía a un Aquiles presumido con su enjambre de pelo como follaje.
Soy impulsivo y le dije adiós.
Me arrepiento.
Soy un bárbaro sin caballo y sin amigo.


