martes, 17 de febrero de 2009

Recuerdos del Mar Egeo VIII

Hay musas libertinas
brincando entre la espuma
y austeros guardianes
en las playas.

La antigua Tera (Santorini)
y su volcan,
emergen como arete
prendido en turquezas aguas.

Telúricos recuerdos
tu lava rescata del olvido.

Fértiles memorias
tendrás en tu cuerpo.

Perfume y tiempo,
como lirio conquistado.
Sergio Astroga.

Tinta/papel

Recuerdos del Mar Egeo VII

Voluptuosas horas marineras
del Egeo caminas.
Brazaletes y collares
cuelgan en el templo
de jónicos misterios.

Hoy es mañana-
dicen oradores griegos.

Cuando regreses...
Qué vino estará en tu mesa?
Qué ánfora calmará el bullicio?

Rojas estatuas ocultas
estarán en casa.
Sergio Astorga

Tinta/papel

lunes, 16 de febrero de 2009

Recuerdos del Mar Egeo VI

Sin Límite en la piel,
a veces el viento
desnuda la paz.
Los ojos se pierden
en el alma del silencio.
Y cuando sale la luna,
arquitectúras de signos
habitan el paisaje,
y luminosos destellos
de colores se abren
de par en par
entre la noche
y el aliento.
Sergio Astorga
tinta/papel

sábado, 14 de febrero de 2009

Recuerdos del Mar Egeo V

Quieres ser
aire, arena, sal
que comparte el día.
Ser blanco
y esbelto mármol
de algún templo.
Vela inflamada al norte.
Ombligo de luz primera.
Faro de porvenir
en tanta isla.
Voz en el campo,
ágora en flor.
Sergio Astorga.
Tinta/papel

viernes, 13 de febrero de 2009

Recuerdos del Mar Egeo IV

El ánfora
guarda notas
de flauta dulce,
y en el vestido
de una nereida
veleidosa,
cristales de agua
florecen y cantan.
Sergio Astorga
tinta/papel

jueves, 12 de febrero de 2009

Recuerdos del Mar Egeo III

A lo lejos:
colgada en el mar,
la ninfa Rhoda,
hija de Poseidón
y amante de Helios,
aparece como Venus del Egeo.


Cuántas huellas,
helenas, francas, sarracenas
dejaron en sus muros.


Cómo olvidar al Coloso
que vive bajo las aguas,
bronces confundidos
con el verdor de algas.

Hoy dos ciervos
subidos en colúmnas
testifican tu entrada.

Sigue tu viaje Condesa,
con la mirada al levante.
y que el polvo de oro
de la vida no se acabe.
Sergio Astorga


tinta/ papel.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Recuerdo del Mar Egeo II

Desde el barco,
crucero de horizontes,
un dios marino
observa.

Suspira y duerme
entre las olas.

Una mujer,
de nombre Helena
navega.
Sergio Astorga




Tinta/papel




martes, 10 de febrero de 2009

Recuerdos del Mar Egeo


I
Un sol
un viento,
buscan griegas islas.


Horas de azul de mar
se enredan en la luz.

Un deseo de conquista.
Tangible sueño.

Equipaje de todo comienzo.



"Viaje al Egeo" tinta/ papel

lunes, 9 de febrero de 2009

El sombrero luminoso

-No podría ser de otra manera, las cosas toman el temperamento del que las usa.
- Exageras. Las cosas son cosas. Se compran, se usan y se tiran.
-Las cosas chupan el carácter de su dueño. Te digo. Así como los animales, se parecen tanto a las personas con las que viven que se personalizan.
-Exageras, ¿cuándo se ha visto tal cosa?

Mi café se enfriaba, sentado en mi mesa de costumbre con mi periódico y mis notas de las ventas del día anterior, no podía evitar escuchar la conversación de dos hombres que estaban sentados a mi lado. Podía distinguir en uno de ellos una cicatriz, todavía encarnada, correrle a lo largo del cuello. Tenía una cara larga, escurrida, como si la viéramos a través de un vidrio mojado; el otro tenía una cara ancha y una voz sonora como de tambor militar.

-Te digo. Yo puedo demostrarte. Tengo ejemplos inapelables. Las cosas toman el carácter de sus dueños.
-¡Que terco!
-¿Recuerdas a María Paredes?
-¿La que murió de pulmonía?
- No murió de pulmonía. Murió de rencor.
-¿De rencor? Yo fui al hospital y hablé con el doctor que la atendió.
-María Paredes era una mujer envidiosa, ¿no? Deseaba siempre los vestidos de sus hermanas. Pues uno de esos vestidos la asfixio.

La cicatriz parecía que reventaría en cualquier momento, el de la cara ancha jugaba con una pluma roja mientras respiraba complacido.

-Es una historia estúpida. Cada día estás más loco. Se te está enfriando la cabeza. Deberías comprarte otro sombrero.
-¿No me crees? Es natural. Pero yo vi como uno de los vestidos la asfixiaba. Las cosas tienen vida. ¡Mírate! Desde que mojaste tu cachucha estás como ella, escurrida y sin color. No puedes negar la evidencia.
-Es absurdo, es como si me dijeras que tú perdiste la razón por tener la cabeza al descubierto desde que perdiste el sombrero o que estás más gordo porque tus pantalones se ensancharon

Mi café estaba helado, mi trabajo sin hacer y yo no podía irme sin saber en que terminaría la discusión. El tipo de la cara escurrida tomaba agua y el gordo un vaso de leche.

-Tu mismo lo has confirmado, el gato tiene las mismas pestañas que Mario y el gato tiene la misma manía de rascarse la nariz, de una forma, diríamos humana. Doña Rosa tiene la misma cara de su perra y el mismo olor.
-Tu lo has dicho: animales y personas, eso es común. Son seres vivos. Las cosas son cosas.
-Las cosas se humanizan. Observa a ese paraguas, tiene la misma forma de su dueño; y que me dices de José, tiene la misma cara de sus platos, y esa niña, mira como el vestido se pega a sus caderas.
-Cada día estás más perdido. ¿Pusiste el anuncio en el periódico?
-Si. Toda la semana.
-¿Te han llamado?
-No.
-¿Fuiste claro en el anuncio?
- Hasta ofrecí una recompensa. Aquí tengo el anuncio: “A la persona que encuentre mi sombrero castaño brillante con las iníciales BC en su interior será gratificado. Por favor comunicarse…”

Traté de disimular mi sorpresa. Salí rápidamente del café. Oculto en el abrigo un reflejo luminoso perfilaba el sombrero.
Sergio Astorga.

Acuarela/papel 20 x 30 cm.

viernes, 6 de febrero de 2009

Después del almuerzo

Después del almuerzo
lámparas encendidas en la calle,
caravanas de labios satisfechos
y bajo de la mesa quieta
el infinito callado del abismo.

Después del almuerzo
barcas de madera entre las copas,
sonrisas en los dedos
y el mudo gesto exacto,
rudo y largo de las cosas.

Después del almuerzo,
sobre los tejados rojos,
solitarias vuelan las gaviotas
y un trozo de tiempo
me parte el pecho con silencio.
Sergio Astorga
Acuarela/papel 38 x 58 cm

miércoles, 4 de febrero de 2009

Mirar el horizonte

Mirar el horizonte es también perderse en el vacío, me dijo Borges, el otro, al que a todo escritor acompaña; yo no supe que decir, sólo atiné a mirar sin saber.
El otro, el que también me acompaña, me dijo que el vacío es una duda horizontal sostenida por ejes verticales.
Tal vez, si me quedo mirando largamente tus pupilas pueda comprender algo.
Sergio Astorga.

acuarela/papel 20 x 30 cm

lunes, 2 de febrero de 2009

Crónicas

Crónica del buen día

Al despertar:
el olor de la guayaba.
En la tarde:
el sabor de las campanas.
Y en la noche,
por el sueño,
el sonar tranquilo de la almohada.


Crónica del día malo

Mudo.
Primitivo.
El buitre se come la escritura.
Banderilla de fuego la guayaba.
Las campanas estallan.
Vomitan.
La noche es seca.
Raspa.
El sueño se escapa.
Sangra.
Sergio Astorga.

Acuarela/papel 20 x 30 cm

viernes, 30 de enero de 2009

Balada del que no llegó

Si no se desnuda…
el destino es maricón.
Pellejo que no hace caso.
-No mientas – dijo el gato.
-Drogas no- dijo Patrana.

Labios:
sueños indignos
que no siguen consejos.
Al otro lado
un empujón al desaire.

Soldaditos
de plomo y paja
enamorados de su ropa.

Velemos la herencia
con gafas de papel.
Migajas de pan en el cielo.

Mañanitas con olor
a colonia barata.
Zapatos de cocodrilo
corazón y billetera;
un pasito pa’ ca
un pasito pa’ lla
El íntimo enemigo eres tú.
Sergio Astorga
Acuarela/papel Tríptico

miércoles, 28 de enero de 2009

HOMENAJE

Maquina de coser palabras ha partido, desde éste puerto mi pañuelo blanco.

Por favor leer el Homenaje de Lilian Elphick en el Ojo Travieso http://lilielphick.blogspot.com/2009/01/maquina-de-coser-palabras.html

lunes, 26 de enero de 2009

El Mimo


Lascivas enaguas de la noche,
gestos del vacío acumulado,
máscara teatral de los espacios,
lápida de luz al mismo tiempo.

Surges como un pájaro sin alas
envuelto en blancas palabras mudas.
Rotundo horizonte de los negros,
de los silencios perfecta danza.

Tu cuerpo es el punto de partida,
se enajena el pozo con tu mano;
un eco abusivo lo visible
círculo flexible que congela.

Tu rostro sin nombre labra el drama,
no hay fragmentos de nombres ajenos;
se ciñen los otros al instante,
desnudos ladrones sobre el foro.

Tu sangre del ritmo es pensamiento,
reconoce el tacto sus abismos,
estalla el horario si lo nombro,
se quema la imagen si la toco.


Sergio Astorga

domingo, 25 de enero de 2009

Agua Tinta

Tintas aguas de la blanda tierra;
voz pulmonar de la mañana.
Continente de árbol se levanta
en el morado rostro planetario.

Tintas aguas de la misma tierra:
heroico manantial de los truenos.
Sangre vegetal de los espejos
bajo la melodía tonal del aguacero.

¡Himno tropical del amarillo!
dame la fuerza del encino,
del sexo solar los viejos brios
y de la memoria mineral
los vientos fríos.

No quiero el grito Siena del trigo,
ni el brillante trono de los trinos;
ni la escama dorada del pez,
ni la sed de tu cuerpo ciego.

Tintas aguas de la madre verde,
por el musgo voraz de tus lunares,
rodeo el barro rojo de tu sueño
y el sabor salino del follaje.

En tintas aguas de la blanda tierra
deja morirme en tu memoria,
y por siempre quedarme prisionero
en el alado verdor de la piedra.

Sergio Astorga

Acuarela/papel 38 x 58 cm.

jueves, 22 de enero de 2009

Revuelo

Las gaviotas volaban en círculos, las abejas en zig-zag y los canarios buscaban afanosamente una rama de árbol para poder presenciar la reunión bimestral de los integrantes de la Comisión Interregional de Colas Largas. El presidente de la comisión ya estaba sentado y esperaba impaciente la llegada de los demás miembros. Hoy sería un día especial, por la gravedad de los hechos, la reunión tradicional se posponía y en su lugar se celebraría un juicio.
La señora Urraca llegó vestida de negro con un moño blanco en su ala izquierda –“en señal de protesta”- decía con voz decidida.

- Déjeme pasar, por favor
-¿Quién es usted? Si no trae gafete, no puede pasar -contestó el guardia. Un armadillo mal vestido, flaco y macilento que fue elegido como encargado de guardar el orden.
- Soy el acusado. Los acusados no tienen gafete.

- ¡Déjalo pasar! Gritó el avestruz pavoneándose con su peluca nueva.
- ¡Sí, Sí! Yo lo conozco, él es el acusado, palmeaba la paloma dejando ver su pecho pinto.
- Yo lo dije siempre, un armadillo de guardia es absurdo, pertenece a otro reino - se quejaba la golondrina.

El armadillo sin intimidarse volvió a decir –Si no trae gafete no puede pasar.
-¡Déjalo pasar! Gritaron al unísono el avestruz, la paloma, la golondrina.
- Guardia, esta bien, déjalo pasar, pero no lo pierdas de vista. Se escuchó una voz rotunda de ave de rapiña
- Sr. Presidente con todo respeto - se atrevió a contestar el armadillo. -No trae gafete, ¿cómo puedo saber que es el acusado?
- No tenemos otro acusado, por lo tanto, él es el acusado. ¿Está claro?
- Si señor.

El acusado literalmente planeo hasta llegar a la silla que estaba en el centro de la gran sala. De frente estaba el Presidente, a su derecha estaba el gran jurado, alcanzaba a distinguir al cenzontle con su sombrero de carnaval, a la urraca con su moño de protesta y la gallina de guantes, fingía inteligencia; le extrañó no ver a la oropéndola, siempre tan colorida y justa en sus apreciaciones. A su izquierda estaban los invitados de honor, eran de otro reino y por eso no tenían ni voz ni voto. En primer lugar estaba el honorable León Baluarte Redondo con una cadena de oro en su cuello; a su lado Don Oso Malacara miraba impaciente su reloj. Había dos invitados más que no lograba identificar.

- Honorables Colas Largas les pido que tomen sus lugares –ordenó el presidente con su alta voz de rapiña- Damos inicio. Póngase de pie el acusado. ¿Tiene que decir algo en su defensa?
-¡Protesto, Sr. Presidente! – gritó la señora Urraca
-Usted protesta siempre señora -dijo molesto el presidente.
-Claro, por eso tengo mi moño blanco, aquí lo tengo mire. La señora Urraca agitaba su moño como queriendo alzar el vuelo.
-¿El acusado tiene que decir algo en su defensa?-volvió a preguntar el presidente. –Si vuelve interrumpir- dirigiéndose a la señora Urraca – le impongo una multa. ¿Está claro?

La señora Urraca intento replicar cuando la paloma le dio un aletazo y en voz baja le aconsejo que protestara al acabar el juicio.
El acusado se levantó pausadamente -Señor Presidente no sé de que se me acusa. Me siento culpable, pero no sé cual es mi delito.
-¡Es culpable, Señor Presidente! -se escuchó a coro. Poco a poco todas las aves fueron llegando a la gran sala, hasta que no cabía un ala de más.
-No sé de que se me acusa- insistió el acusado con el pescuezo desplumado.
-¡Esto no es un cuento de niños! Eso le queda claro ¿no? el presidente mostraba sus uñas afiladas.
-Creo que si- dijo el acusado en un tono suplicante. Yo escribí una carta, ¿no la recibió, Señor Presidente?
- Por supuesto. Personalmente la leí.

-¡Que la lea! ¡Que la lea! Chillaron a coro.
-¡Orden en la sal! –gritó el presidente abriendo sus grandes alas verdinegras. Es una carta que no tiene ni plumas ni cabeza. Continuó en tono doctoral.
- ¡Queremos saber!
- ¡Orden! Guardia, al próximo que interrumpa lo apaña.
- Señor Presidente en la carta explico todo- imploró el acusado.
- ¿Explicación? Si es un monólogo.
- Señor Presidente, yo no conocía al dueño, las tomé sin darme cuenta.
Un murmullo de alas llenó la sala de agitación.
-¡Silencio! -exigió el Presidente. ¿No se dio cuenta de la diferencia? -preguntó al acusado.
- Eran iguales.
-¡Iguales! ¡Eran alas de ángel! Usurpar funciones es imperdonable. Confundir atributos, intolerable. Son abstracciones que no podemos permitir. Usted es un ave de rapiña, un ave concreta. Los conceptos no se pueden ver.

-¡Culpable!
-¡Cadena perpetua!
-¡Hay que quemarlo!

-¡Orden en la sala! Guardia. Guardia. Lleve al acusado a su celda.

-¡Protesto! Señor Presidente. -la señora Urraca agitaba su moño blanco.
- ¡Se ha desmayado! -grito la paloma.
- ¿Quién? ¿El acusado? -preguntó la avestruz buscando su peluca entre la multitud
- ¿Está muerto? –preguntó asustada la gallina
- No. Todavía respira –comprobó el cenzontle. Se asfixia
- Hay que cortarle las alas -sugirió la paloma.

Nadie se explica cómo sobrevivió a la operación. La última vez que lo vieron llevaba una cicatriz enorme y una desangelada mirada.
Sergio Astorga.

Acuarela/papel 20 x 30 cm.

miércoles, 21 de enero de 2009

La Ciudad del Camello

Las palmeras y sus dilatados dátiles, ocultan cuando bajamos de la colina, la ciudad del camello. Cuando nos acercamos, la blancura de sus casas nos recuerda esos jueves abiertos, cuando nuestra suerte era menos llamativa y nuestra memoria tenía la tensión de nuestros músculos.
A primera vista parece que la ciudad no tiene puerta de entrada pero, sólo es un engaño cálido de horas de caminata y el ansia contenida de beber para calmar el peso de nuestra lengua. Un gran arco, como si fuera una gran pelvis nos recibe, como si al entrar se terminaran nuestros miedos. Dicen que el constructor de esta ciudad, no se conoce el nombre, y sólo por tradición oral, que fue llevada y traída por cuanta arena es conocida, era dueño de doscientos camellos. Próspero y agradecido imaginó esta ciudad.
La ciudad está dividida en dos barrios que parecen dos jorobas. En la joroba que da al norte, están las pequeñas casas de sus habitantes. Todos fueron camelleros alguna vez en su vida. En la joroba que da al sur está el mercado con infinitas mercancías traídas por las caravanas que cada dos años llegan a la ciudad.
Sus calles son anchas como labios de camello y entre la llegada de las caravanas, la ciudad queda adormecida, rumiando inmóvil los caminos recorridos.
Sus habitantes hablan poco, ellos tienen la mirada fija, como si repasaran mentalmente lo andado. Las mujeres tienen las caderas anchas como la puerta de entrada a la ciudad. No hay niños por sus calles. Como si fuera un hechizo temporal, cada dos años, algunas mujeres, las que todavía lo consiguen, paren robustos y morenos niños que inmediatamente son adoptados y alimentados por las caravanas.
Si alguna vez tienes oportunidad o la suerte de visitar la ciudad del camello, nunca olvidarás esos ojos prendidos en la lejanía, ni el corpóreo dolor de la distancia.
Sergio Astorga


Acuarela/papel 20 x 39 cm

lunes, 19 de enero de 2009

Haikus

El DDT
Por su altanería,
las flores se desmayan
al medio dia.
El Reloj
Con blanca ira,
sus manecillas quieren
medir la vida.
El Chicharo
Con su diminuta voz,
el verde campea
por el arroz.
Sergio Astorga.
Acuarela/papel 28 x 56 cm.