miércoles, 25 de julio de 2018

Arnulfo el panadero


Besos, bigotes, birotes, cemitas, cocoles, conchas, corbatas, cuernitos, salían de su horno en esa panadería de las calles de Esperanza y 22 de Febrero. Panadería Líbano, se así llamaba en honor a un bisabuelo que estuvo trabajando con libaneses en la venta de ropa por las calle de Tres Cruces. Gracias a ello, Arnulfo pudo dedicarse a lo que más talento tenía, amasar y hornear. Intentó ser ceramista con poca convicción, hasta que entró de chamaco, tendría 15 años, a la panadería que a la larga compró y le cambió de nombre.
El éxito de sus Garibaldis no tenía comparación, mal salían a los aparadores cuando la gente se arremolinaba para comprarlos.
Grajeas, hojaldras, orejas, pan de yema, puerquito, rehilete, trenza, desfilaban envueltos en ese santo olor de mantequilla tibia que no pocas veces en la calle se conglomeraban compradores y no compradores levantando sus narices inspirando extasiados.
Arnulfo envejeció y en la panadería se mira colgado un rotulo que dice: Se Renta.
Es una pena que el olor, que da pie a la nitidez de tantos recuerdos se pierda y nadie quiera aprender tan sabroso oficio. Su hija, única posible heredera, decidió ser nutrióloga.
Si algún escritor, con dotes de biógrafo, quisiera hablar con Arnulfo, la comunidad está dispuesta a cubrir sus honorarios y una taza de café con leche para sopear su cuernito.