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lunes, 15 de mayo de 2023

De cómo dos neófitos en la lengua alemana, consiguen por las calles de Múnich apagar su sed.


 

- Es por aquí.

- Que no.

- Que necio. Neuhauser Straße es peatonal y llegamos a Marienplatz. 

- ¿Sabes alemán?

- No sé, vi el mapa. Soy bueno para orientarme.

- Yo digo que vamos por Herzog-Wilhelm-Straße. Es la calle que tiene el nombre del Duque Guillermo V “El Piadoso. Así que espero que sea por aquí. 

- Que nos vamos a perder. Déjame preguntar. ¡Chispas! Habla sólo alemán.

- ¡Me cachis!

- Usemos el método tradicional. Caminemos por Neuhauser Straße  si no encontramos la plaza nos regresamos.

- Bien. Pero te apuesto una cerveza. Aquí, en Augustinerbräu, leí que su cerveza es magnífica.

- Acepto, la sed es un lenguaje universal.

- Por fortuna.

 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Ilusión urbana


En algunas ciudades todavía se pueden subir las escaleras de la Victoria.

Fotografía: Escadas da Victoria (Antiga escada da Esnoga (Sinagoga) Porto, Portugal.

jueves, 4 de junio de 2015

Rabelo


Ha llegado en la vigilia con su rostro de río; con el reflejo destilado. Saboreando su estela, rebota en mi ojo la fortuna de ver llegar a esos seres intocables. Capitanes, generales anónimos con su banda sonora en los oídos, repitiendo el canto de generaciones pasadas cuando el vino llegaba. 
Contienda de mayúsculas historias. Nada puede llenar las noches si no hay una aventura modelada por la corriente.
El *rabelo llega, y desde la ventana se suspende la cuenta de los días. El vaivén de las palabras salva el recuerdo momentáneo y predilecto. 
El silbato hace puerto por la borda.  

*Rabelo embarcación portuguesa típica del Río Duero, que transportaba el vino. 

Fotografía: Ravelo por o río Douro

miércoles, 18 de marzo de 2015

Luz de adobe


El mundo andaba perdido en mi cabeza y no encontraba la salida. Antes que el abandono secara la Ruta de la Plata y las nubes se arremolinaran para dejar pasar la luz acerada batiendo en el adobe, y las gallinas picotearan la tierra para que las lombrices secas como el chile guajillo asomaran su adormecida cabeza; antes de eso, yo me acuerdo, por aquí anduvo el brillo de la codicia y el murmullo del molino triturando el maíz. Yo me acuerdo del sonar de las noches y el sabor del atole caliente. Ya se fueron todos y no sé si entrar, ahora que ya no tengo querencia que me detenga. Ahora el silencio se reparte frío, indiferente a los rostros que una vez dieron vida. Hasta los pájaros se han ido a buscar el cántaro de las voces de los vivos. Aquí se hablaba y se lloraba en español y se comerciaba en ingles. También se encendían las velas y los ladridos de los perros espantaban a los nahuales y a las seis de la tarde se escuchaban los rezos a San Isidro Labrador. Aquí se mató a gente buena por otra gente buena que tuvo estas tierras como suyas. Todavía se huele a tortilla y a boñiga. Los días son para guardar porque hoy, a pesar que hay día de fiesta todos lo años, el regreso a la memoria es un apretado suspiro que se siente y no es que uno sea sentimental, la cosa es que aquí se huele a historia de caminos. Por eso el mundo se pierde en mi cabeza y la espinita que se nos clava en la palma de la mano se hunde mas y mas sin que el migajón del bolillo recién horneado pudiera sacarla. 
No me arrepiento, los remordimientos no son para mi, uno regresa a los lugares no para encontrar, ni para olvidar, sólo para sentir la vibración de la lumbrada, esa soledad que alivia cuando se atraviesa una puerta. Despacito, uno sabe que el adobe gana alma con el tiempo.

Fotografía: Rancho Las Golondrinas, Santa Fe, New Mexico.

jueves, 5 de marzo de 2015

Preparativos


Detenidos por una cuerda que se enrosca tiramos a la suerte la impaciencia de llegar. Los sobresaltos están en el aire y en nuestra cabina el presentimiento de la partida se adormece. Así como el tiempo necesita de días, la espera necesita de los signos de esperanza, que son: un mapa con alfileres suficientes; papel de arroz para escribir con letra fina y una lámpara que alumbre los presentimientos.
Recuerda que desandar el camino, dicen, es la rústica manera de mantenernos unidos a nuestro propio cuerpo. Por eso los ojos siempre inventan lo que necesitamos mirar y la resurrección comienza cuando hay un buen nudo por hacer.

Fotografía: Rio Douro, Porto Portugal

jueves, 12 de febrero de 2015

Estación de espera


El reloj se mira en lo alto. Puede enmarcarse en una ciudad o en otra. El hierro forjado me recuerda el Palacio de Correos en la Ciudad de México. No hace mucho tiempo que las manecillas marcaban sin embarazo, la sorpresa de estar al mismo tiempo en una geografía memoriosa. Cierto, nunca salimos del cuerpo y nuestro reloj interno llena el espacio, aunque no sepamos reconocer su tic tac. No son los latidos lo que asusta, ni lo extraño que nos parece tener el mismo sonido de en todas las geografía. Mirar el reloj en otra ciudad quizás, las imágenes del trayecto se queden fuera y sólo algunas hacen flash para dejarnos habitar el momento. Sabemos leer los números: romanos, arábigos, pero, el tiempo que representan se acumula como esas rocas del Gran Canyon. Puedo explicar casi todo -falacia alentadora- lo que significa mirar un reloj en la estación de trenes. O llegamos o partimos; esperamos o despedimos, todo al mismo tiempo, no importan los años que pasen, siempre hacemos lo mismo: inquietarnos. No es casual que pensemos que las cartas o el mail pueden quitar la fugacidad, al poder verlas una y otra vez como signos fijos. En millas o kilómetros los día son nuestro territorio. Recuerdo que una tía que, literalmente se la llevó el tren, tenía un pañuelo azul perfumado que olía a cada momento para mitigar el desapego. Viajar, es un arte difícil. Esperar, un oficio burocrático. Cada vez que nombramos, evocamos una casa o al menos un lugar donde los objetos significaban compañía. Las horas se invierten y antes de movernos ya hemos viajado a nuestro destino. Relámpago inaudible entre el silbato del tren. Así, con destellos en los ojos buscamos el andén correcto, comprobamos el rumbo y nos sentamos revista en mano a que el movimiento real nos invada. Inmóviles, los otros, los que se quedan, sostienen nerviosos las mirada como si dejasen para mañana el olvido. Volvemos a mirar al reloj y comprobamos que ha llegado el inicio de un trayecto. Nos dejamos llevar, aunque sepamos que en nuestro bolsillo, un fósil de horas es nuestro equipaje.

Fotografía: Reloj de la Estação Ferroviária de Porto-São Bento. Portugal

lunes, 9 de febrero de 2015

Punto de reunión


Encontrar la salida es lo difícil. Los ojos se entretienen con la seda verde del musgo y los pies no saben para donde ir. Como toda crisis el para qué se cuelga en la baranda y y la pérdida de tiempo nos apremia.
¿Será que jugar a las escondidas, puede dar cuerpo a la salida? Lo sepamos o no, hay dos velocidades, una que gira en su propio eje y otra que describe una órbita recurrente de palabras.
El escenario es ideal, sólo falta improvisar para encontrar un hueco. A veces, tenemos que abrirnos paso sin usar nuestras manos.

Fotografía. Terreiro da Sé Catedral, Porto, Portugal

jueves, 22 de enero de 2015

La ciudad y su esqueleto


El esqueleto de una ciudad se sustenta con el tiempo que la construye. No el tiempo que pasa indiferente entre los astros, sí, el tiempo que se pasa de una mano a otra de sus habitantes, sin saber, que construyen su osamenta. Es un riesgo de estilo, un olvido de emociones, pero un rastro firme de su paso. 
El temperamento de una ciudad, escuetamente hablando, se forma con varias capas. Cuando más vemos sus articulados momentos, el horizonte deja de ser insípido y lejano,  para convertirse en un semblante reconocible y habitable.
El ojo abarca las edades y una funeral paciencia reconstruye la historia,  como si el todo fuera ese minúsculo universo que nos toca conciliar.
Rugidos y plegarias afinan el sonido que cada ciudad presume. El aire finge no saber del pasado y se mueve lento, detenido por el rayo de luz y la consciencia. 
La ciudad es un momento estético, sólo así podemos soportar la tristeza de transitar el futuro ocaso ya esperado, porque toda ciudad es un amor que llega tarde, tan empeñados estamos en derrumbarla.

Fotografía: Vista do ponte D. Luis I e a Muralha Fernandina. Porto, Portugal.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Tejar los ojos



Un dialogo solitario parece el vuelo después de la llegada. Desde los tejados alguna vida palpita aunque parezca escenario propio del silencio. Una tarde de invierno congela el paisaje y se mira ese perfil de los contornos. Parece que las gaviotas tienen un dialogo metafísico, un picoteo de amor por las alturas. El mundo exterior se rasga y nos parece que el muelle del cielo son los tejados. Las tejas de barro revelan la inalterable conversación de las gaviotas. Nunca las palabras fueron más simbólicas, ni tan trémulas las miradas para que no alteren ese momentáneo arribo del contraluz. Hay una zozobra, un inquietante vacío. Se extiende una diagonal que nos atraviesa y nos deja clavados como aquellos marineros con la nostalgia imperturbable a esa seducción que provoca el horizonte. También hay una sensación de desierto mental. No queremos que pase el tiempo y a la vez deseamos que pase la imagen para poder movernos con los pulmones reventados al contener la respiración por segundos eternos. Uno intenta recordar, pero no recuerda nada. Uno quiere imaginar que las gaviotas coquetean para aparearse antes de alzar el vuelo y el deseo retiene sus alas hasta ponerse de acuerdo. Uno intenta, como si la belleza tuviera algo mas que el instante. Como el que llega y parte, poco a poco se nos rebela lo errante de la imagen. Sin embargo, ebrios de mundo, cerramos la ventana para que nuestro miedo tome distancia y por un inexplicable mandamiento, volvamos a detenernos a mirar los tejados. 
Sabemos, con íntima tristeza, que las gaviotas no conversan de amor, sólo toman aliento para el próximo viaje. 



Fotografía: Porto, Portugal.

jueves, 23 de octubre de 2014

Hombre lixo



De pie, en la estación del metro, la cara de la realidad se extiende lacia. Nunca es la misma aunque lo parezca. Brilla con el metal, los reflejos se anulan, la luz pasa por los huecos. Contra el aire se afila, se hace visible. Me detengo y lo descubro. Con su escafandra sin rostro vigila el paso de los apresurados hombres y mujeres que abordan el metro. En su cuerpo depositan colillas de cigarro y papeles, sin saber que son vigilados por un ser metálico. Sin edad, el día salta y se monta un escenario. 

La realidad es un espacio hendido. Quien entra en él, nunca sale ileso.
A veces, al decir la realidad conseguimos realizarla.

Fotografía:Estación del Metro Lapa, Porto Portugal.

*Lixo recipiente en el cual se vierte la basura. *Detritos

lunes, 20 de octubre de 2014

Materia gris


El puente de fierro que une a la muralla y cruza el río Duero, en un día plomizo como si fuera un cetáceo húmedo montado en su celaje, nos deja embarcados en una visión que no avanza de tan plena. 
Nos ofuscan los grises. Vemos tortuosa la marcha de los siglos. Entramos al medievo y salimos bañados en el conjuro del modernismo. Nuestros hombros se estremecen por el peso. Las rutas confluyen a un sólo punto que se fuga y parece juvenil nuestro olvido. No podemos bajar la vista, como si el canto de níquel de las gaviotas anunciaran que el puerto siguen siendo el mismo; su pico curvo anuncia la llegada de los rabelos en los que nunca iremos. 
El torrente de grises es un narcótico mas potente que el sueño. El acero se finge telaraña para tensar al dato histórico. No hay deseo de viaje. Ni olor a sal, ni voces de muchachas que puedan apartar esta grisalla que se niega al color. Un beso de piedra, de granito, parece que nos toca la frente. Largo y suave es el beso de los grises. Nos envanece, porque sabemos que ese beso nunca lo conocerá Afrodita.

Tal vez la quietud, este poblada por gruesas camadas de claros y de oscuros, desde Vila Nova de Gaia, así me lo parece.

*Fotografía: vista de la Muralha Fernandina y el Ponte Dom Luis I desde Vila Nova de Gaia, frente a Oporto.

martes, 14 de octubre de 2014

Bocacalle


Entre grafitis, una anciana caminaba su viudez entre las piedras, cargando su minúsculo universo. Las huellas de su vida están grabadas intensas, hondas, como esa plegaria apegada al silencio, a la no respuesta. Sus ojos contemplaron todo, al menos eso pensamos al verla desde lejos. Tuvo sus amores, deseamos. Letra por letra el amor debió grabar su piel, aunque el manto negro lo cubre y lo congela. Como milagroso espectro cruza sus días. No sabemos su nombre, ni su historia. Mezclamos experiencias para intuir lo que un día seremos y no olvidar que todo pesa porque pasa.
Por si acaso, caminamos en sentido contrario para alejar la imagen y subir otra tediosa calle por donde se pierda la edad en otras casas.
Dejamos testimonio de que andamos y eso es una ventaja, ya que ahorramos esos sueños recurrentes para fingir que el guión está por escribirse.

¿Te dije alguna vez, que el desconcierto es un efluvio de uñas largas y la cordura una calle que desciende todo el tiempo?

Fotografía. Por las ruas do Porto, Portugal.

jueves, 9 de octubre de 2014

Desahogo


Todos merecemos una pequeña porción de placer. No creo tener detractores en ello, aunque nunca se sabe. Motivados por la urgencia, pero qué placer no lo es, buscamos sin hallar. Pensamos en un futuro donde la holgura nos deje libres  y al mismo tiempo, inseguros de encontrar un buen recinto donde al menos no tengamos que ser mirados con burla. La aflicción es un tajo que nos hincha el instinto, nos devora la incapacidad de raciocinio. Un hormigueo nos recorre, se nubla la orientación y caemos en del precipicio del ahora. Quisiéramos vivir en un llano y dejar a un lado la civilidad de la urbe. Nuestras venas se inflaman y creemos estar a punto del desmayo. Cuando no podemos dar un paso mas sucede el milagro cotidiano, literalmente las aguas retoman su nivel y un aire de victoria nos recorre espumoso.

Es un hacer para no morir, me decía el tío Marcos, de manera íntima, como revelándome una experiencia compartida desde tiempos inmemoriales. 
En buena verdad, el vacío compartido es otra forma de paraíso.

Fotografía muy cerca del Castelo de São Jorge en Lisboa, Portugal.

sábado, 4 de octubre de 2014

De puerta en puerta


Hay un reposo en el encierro. No vacila el suspenso y se desasen las dudas del hallazgo. No hay bienvenidas y el reflejo del sol baña las astillas. Asoma una amarga sensación de tiempo terminado. Una vieja tristeza retoma el camino. Bajas la calle y de tus hombros una tediosa sonrisa se pierde al voltear la esquina. Si las calles tuvieran memoria, tal vez no dejarían pasar de tanto barullo y nos dirían ¿has olvidado?.
No hay ciudad ni calle en el mundo que no evoque esa misma realidad de olvido.
Tener dos puertas para los extraños huéspedes, es lo que me dice el guía.

Ignoro la respuesta y voy a buscar mi vino y a la ternura mística de esa demencia que se esfuma.

Fotografía alguna Rua de Porto, Portugal.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Mañana en oros


La huella del sol parpadea en la corriente y el arca eólica aleja de la orilla la prisa diaria. La sierra del Pilar testifica el paso del río solitario y una amarillo de Nápoles parece pintarse en el cielo imitando a Canaletto.

Hay una vaga sensación pacífica de nombrar las atmósferas con nombres de mujer. Se perfuman con la brisa los chillidos de gaviotas y la tristeza finge estar tranquila.

Caminar en la marginal del río es como libar tu propio vino y atontado por ello, soltar las amarras del oído para escuchar esas ninfas que pasan nadando en oros.

Para los tránsitos futuros, me digo, no hay como mojar la vista de mañana por el Douro, en ayuno de sombras y presagios.

Vista del Douro desde Vila Nova de Gaia, Portugal.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Ella cambia


El cielo de agua espera ser tragado por la anémona metálica que se mece al viento con una suavidad transparente. El mar a su vera, duerme la siesta temporaria. La vista se entretiene dando círculos concentricos para uncirse a la circunferencia. Como no hay fronteras nunca salimos del mismo sitio no importa que fluyamos a distintas velocidades. 
La tierra sigue girando frenética y sola en el universo conocido mientras las redes de la anémona se sostienen pescando sonidos que pasan sin quedarse. 
Mañana volveremos a filtrar en nuestra memoria la imagen que rompimos. Al fin de cuentas, el asombro es una palabra que nunca acaba.

Escultura de Janet Echelman llamada “She Changes”, popularmente conocida como Anémona. Praça Cidade S. Salvador, Matosinhos, Portugal

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Distancia en suspenso


Desde lo alto del barrio de Alfama el ojos trastabilla al romperse el horizonte. Todo queda colgante como si algunas amarras imaginarias y tristes pudieran detener la imagen. En lo alto se afianza la visión de un estrecho territorio. Si damos un paso a la izquierda o la la derecha, puede quedar descompuesta o perdida para siempre ese gajo de realidad visual. 
El río Tajo sostiene un barco como si fuera un cetáceo grande y quieto.
Medrosos y lejanos los recuerdos vuelan con ágiles alas en un bochorno que dilata la historia de un barrio, que entre sus callejuelas comprende, que el mundo se fracciona en una íntima vocación de mirar hacia dentro.

El aire finge moverse al compás de un fado:

Coração que vives triste
Vive alegre se puderes
Olha que por andares triste
Não alcanças o que queres

Hay lugares donde la melancolía no tiene equivoco. El espacio serpentea, sube, baja, se decanta; no hay espacio para la visión de panorama. 
La estancia es corta, el tránsito se congela. No hay desgaste y taciturna, la pupila sucumbe de tanta espera.

Fotografía. algún recinto en el Barrio de Alfama, Lisboa Portugal

martes, 9 de septiembre de 2014

Estación Oriente


No sabemos bien a bien si subimos o bajamos a las catacumbas modernas. El concreto arma las penumbras para que la prisa de la llegada o la partida sean un trance decoroso. 
Una estación es eso: el lugar de la ilusión o del naufragio. Un transitar de frases interrumpidas por la súbita excitación del misterio de un presente, porque un adiós o una bienvenida palpita siempre; sensación que se niega a envejecer.  
Los gestos se convierten en besos contenidos y los abrazos se llevan en los pañuelos en blanco olvidados en el dormitorio.
Atrás quedó el olor a sal de los destinos y sólo miramos lo indefinido de la espera y clásicamente estiramos el cuello y un tenso sudor nerviosamente nos recorre la frente. Pensamos que tomar un cafe podría mitigar la distancia que nos espera, enfundados en esa soledad de piedra. Nos crece una hierba amarillenta semejante al amanecer de todos los días. Ignoramos el porqué se dilatan las horas y provocan que las imágenes, las de mayor grado de melancolía, se esparzan como ceniza a nuestro paso. El claroscuro entra en nosotros y el sentido de viaje nos deja las nauseas del que gira y gira en el andén buscando  a esa persona que fuimos antes de sentir que partimos. Construimos nuestros puertos interiores. Sacamos al otro que será bienvenido en algún lugar.  Arribar, es nuestra ancestral 
ansiedad de paraíso. Nuestros nervios se aprietan en un sólo pecho y entonces somos una cuerda elástica que teje la red salvadora. Cuando partimos y llegamos a los lugares siempre somos extranjeros. Somos distancia contenida y el tiempo pierde peso para sentir que en un periodo corto podemos pisar diferentes puntos cardinales.
Nunca quedamos curtidos, aunque sepamos el nombre de la llegada o la partida.

- ¿A dónde vamos, preguntas?

Cómo poder decir la distancia que siento. El paladar es una grieta de aventura  cada vez que subo o bajo una escalera. Me amarro a la lejanía como a un madero y las latitudes y altitudes me cantan canciones de viajes. No importa el boleto en mano.

- ¿Cuándo llegamos, intrigas?

Se me confunden los destinos y no me atrevo a decir que el apogeo del viaje es estar flotando en el no tiempo. Recorrer, sin pensar en llegar, es lo que tengo en mente, pero no quiero estrangular la certidumbre de tocar la otra orilla.

Cuando  entramos a estas catacumbas modernas, un panteísmo transborda el sentido útil  y un desprecio a la quietud nos nace como otra carnalidad que nos devora. Lúbricos,  nos aferramos al pañuelo olvidado, algo se rompe en nosotros y la velocidad hace vacío, para que el grito amigo nos penetre: buen viaje. ¡Que tengas buen viaje!

Fotografía; Estación Oriente, Lisboa, Portugal

viernes, 18 de julio de 2014

Estallido


Lo que estalla deja siempre una huella en el ojo. Los pedazos se reconstruyen uno a uno y las astillas sobrantes las guardamos para el siguiente estallido. Como aquella dama famosa que baja la escalera, se apagan y se encienden las luces, sin saber que nuestro delirio ha completado la visión primera. 
El mundo esta roto. Se ha roto todo el tiempo. Ha reventado desde el principio. Lo hemos reconstruido embelesados. Las imágenes se multiplican en su detalles; imágenes que nunca veríamos si no hubiese roturas. EL gran vidrio que tenemos enfrente brilla intenso, diurno. Nos sobran textos y pretextos para sanar las cortaduras. 
Por fortuna, el cristal sólo refleja a contraluz y con sólo dos pasos recupero la corporeidad del mundo. 
Un rayo de luz hormiga esculpe de nuevo el panorama cierto.  

Fotografía Sergio Astorga   

jueves, 17 de julio de 2014

El sombrero del aire


Una hoja de metal que gira y se desprende de un árbol que ha perdido el tronco y sólo sus hojas laminadas se suspenden. La luz se apoya en el aire y gira y proyecta su paso en múltiples sombras. Los sonidos se descalzan. La mirada cae, gira, se apropia de los puntos cardinales. Las voces no se escuchan. Los días parece que giran sin atributos. No sabemos donde poner las manos. Todo es espacio y gravedad volátil. La distancia se alarga y se recoge sin saber de su medida. 
Los sentidos cansados, se alzan para buscar un rostro conocido pero es ejercicio vano. Hay un soliloquio que intentamos adivinar y nos ofusca. Se pude mirar el silencio y su sombra. 
Son siluetas, nos decimos. Pensamos en los pétalos o en las alas de aves extintas y aurorales. Es entonces que intuimos que la brisa tiene un sustento material y eterno.
Desconozco si Alexander Calder se propuso ponerle un sombrero al aire y así dejar la charla del instante protegida. 


Fotografía Sergio Astorga
Alexander Calder 
Black Spray
1956
Museu Coleção Berardo. Lisboa, Portugal