Cuando volvió de su gran viaje y al verse desnudo, tomó un puñado de arcilla y modeló un ave sin alas, con una hermosa cola. La puso al lado de su cama y esperó tranquilo a que llegara el sueño. Se miró hermoso, y como un salvaje ñu, trotó por las praderas hasta que encontró unos pastores que al verlo flaco le dieron leche de cabra. Cuando volvió en sí, sus ojos se llenaron de lágrimas. Emocionado, no sabía si quería volver a nacer. Tal era su desventura. Sus rodillas quedaron inmóviles esperando que el fuerte sol ablandara la arcilla.
IDENTIDADES
-
«Quién no desearía poder ser otro», cantaba Enrique Bunbury en *No fue
bueno, pero fue lo mejor*. En *El peligro de estar cuerda*, Rosa Montero
reflexio...
Hace 3 horas.



