Un desayuno campestre tiene la disyuntiva de organizar las viandas. Así como un dibujo abstracto.
La noche extrae de su cuerpo sus solemnes hábitos matutinos. Su cuello se alarga. Su panza se oculta entre las hojas de su cuaderno. Cuaderno de doble raya donde apunta lo que estas leyendo.
¿Comprendes la mascarada?
No hay registro académico.
Cuando se asomó por la ventana la ciudad era un cúmulo de signos. Intentó descifrarlos. Sabía de la arbitrariedad del signo como origen, así que buscó en el mapa de las escrituras si encontraba alguna coincidencia.
Al no conseguirlo cerró la ventana. Al día siguiente y al otro, los signos aparecían sin dejar ver el movimiento de la calle. Fue por su cámara fotográfica. Envió la fotografía al Departamento de Semiología del Ministerio de Cultura. Esperó una respuesta que nunca llegó.
Buscó a Kandinsky, leyó “La forma es la expresión externa del contenido interno”
Desde entonces, no interpreta.
Parece que la letra C dejó huella en su visión. Sin escrúpulos se apoderó de todo su vocabulario. Frágil como era, nunca pudo llegar a la D.
Sin embargo, su paciencia lo hizo encontrar un calendario digno de sus días. Renació ese niño perturbado por llamarse Carolino Ceballos Campos.
Llegaron el mes de julio. Aseados y con las uñas recortadas con sus amorosos perritos. Todos en el barrio les hacían cariños.
La primera en quejarse fue María, la siguió Julia y Don Ramón. Ya no soportaban que esas criaturitas peludas se orinaran en las puertas de sus casas.
Julia quería demandar a los Balmira por perturbar la higiene y Don Ramón, más sensato, pateó al más pequeño al verlo levantar la pata en su zaguán azul. María compró veneno para arrojarlo cuando se acercaran a su casa.
Los Balmira, en represalia juntaron palos y piedras y rompieron los cristales de todas las ventanas.
Por fortuna ya no hay perritos en la zona.
Fue a donar sangre. Suceda lo que suceda está tranquilo. Su tensión nerviosa disminuyó y el clavo de la esperanza no se ha movido. La aguja sonríe en un fondo blanco que se confunde con los dientes alineados de la enfermera. Una mochila berrea afianzada por los brazos de la niña que desobedece el pellizco de esas uñas rojas recién manicuradas.
La sala está llena, el sol entra insalubre por las sucias ventanas del fondo. Se sentaron en unas sillas negras.
Su novia era una sinfonía de desprecio a sus semejantes. Por eso el dona sangre. En su mundo hay frío. Una hereje ciática lo consume.
Considerando que el amor es un diorama. Un estudio famélico de sentimientos. Me da pena mirarlo pasar por mi espejo. Me confundo, y ya no sé si puedo yo también ir a donar sangre.
Sentado en mi silla negra vi entrar a un chamaco en playera sudando copiosamente. Se sentó junto a la niña que con cara de asco le dio la espalda. Me levanté y di algunas vueltas alrededor de la sala número de vueltas. En eso estaba cuando entró un señor con un impermeable y con su paraguas chorreando. Lo colocó en el bote de basura. Mi turno no llega, posiblemente mi sangre ya se coaguló
Con la paciencia en su mirada busca el azul cerúleo y el blanco de titanio. Los puso en la paleta de izquierda a derecha. Busca el siena tostado y lo pone cerca del bermellón. Agotado el rito, pide un amarillo de cromo. Respira profundo, las imágenes mentales vuelan. Sobre la tabla el pincel recoge al amarillo, lo hace cómplice, lo extiende en el papel. La cocina comienza. Es dócil el olor de la goma arábiga. El soporte devora, absorbe la humedad. Las formas se dibujan solas. Se hidratan. Nada permanece.
El aprendizaje se inicia con la boca abierta en la frente blanca del papel de algodón.
Quiere más papel. ¿Se lo damos?
Abraros brevillos
Fuimos devorados uno a uno. Extrañamente puedo escribir inútilmente estas palabras. Seré devorado como todos. Los espantos nos rodean, tal vez no los reconozcas. Tu cerebro comenzará con frío, una oquedad que se llenará de murmullos. Luego sin decir nada el espanto te envolverá. Serás su alimento.
No hay escapatoria.
A la entrada del túnel espera. En sus párpados se mira la hilera del insomnio. Hay un frío en sus manos y pies. Es de noche. La paciencia lo envuelve. Mira cómo le invade el recuerdo de Cristina, sus cuadernos y sus calcetas blancas. Sus libros en la mano.
El túnel es el tiempo de Cristina. La cicatriz: la espera.
Una larga espuma en el árbol nos avisa que el bailarín desfallece como libro cerrado. Él siente un mareo hermoso como un hermafrodita dinámico. Gira con la frente en alto. Las horas son un himno de flautas como aquellos que tocaban la flauta de pan.
Es verdad que su luna es de anfetamina y su litoral tiene un viejo sueño del Bolshoi. Su espuma es una sábana de hilo, con una mancha bordada como estrella.
Sin embargo, la obstinada tierra está llena de lodo, así no se puede danzar.
Asustado. le he tomado una fotografía.
Aquí la tienes.
Saco mi catalejo. Estoy en la Playa del Carmen. Recuerdo la luz antitranspirante como un animal vivo, reluciente, huraño con sus escamas.
Las gaviotas, derechas, se estrellaron en el horizonte, por eso evoco hoy al gran capitán Elphistone.
Su rostro recuerda los viajes en tren. Sus ojos tiemblan como su voz. Al mirar al gran espejo de la sala, reconoció el paquete de años en su corbata azul. En un rapto de belleza consumida arrojó el cepillo de plata. Al romper el espejo el Sr. Bert, sintió su cansada juventud renacer al no tener nunca más el reflejo. De vez en cuando se tapa el rostro y baja la escalera hacia el sótano, se queda oscuras y reconstruye el semblante juvenil extraviado.
Relajado, no piensa ir a su funeral.
Renzo Redondo siguió la línea de sus padres: ir siempre por la sombrita. Delicado de epidermis salía de casa por la Avenida del Consuelo, doblaba a la izquierda enlazando con la calle de la Sombra, hasta llegar al consultorio del Dr. Demetrio. Después de la espera de una hora salía con un listado de pomadas y píldoras que terminaba con casi todo su salario. Entraba en la farmacia de la calle Pensacola. Esperaba que la sombra llegase para salir corriendo. Después de cinco cuadras, llegaba a casa escaldado y sudoroso. Respiraba profundo y comenzaba a sobar todo su cuerpo con la pomada de color verde. Árnica y alcanfor llenaban la alcoba. Perfumado entraba en un sueño vigoroso.
Al levantarse veía como delgada piel se engomaba en las sábanas. Gustoso de cambiar de piel, fue al armario y saco su disfraz de labrador. Ladró forzudo y moviendo a la cola comió de las croquetas dejadas el día anterior.
Fue a donar sangre. Suceda lo que suceda está tranquilo. Su tensión nerviosa disminuyó y el clavo de Esperanza no se ha movido.
Su novia era una sinfonía de desprecio a sus semejantes. Por eso el dona sangre. En su mundo hay frío. Una hereje ciática lo consume.
Considerando que el amor es un diorama. Un estudio famélico de sentimientos. Me da pena mirarlo pasar por mi espejo. Me confundo, y ya no sé si puedo yo también ir a donar sangre.
Una ligera sombra se presentó el jueves por la mañana.
Pensé que sería una mancha de amor. Si uno se fija, es el perfil de un rostro femenino. En en abril es común estas apariciones en casa. Ahora la mancha, el rostro, está finamente delineado.
Cuando el pintor pintó la pared de blanco, me advirtió que ese color provoca apariciones. Yo no le creí.
Llegó el domingo, no me separo de ella. Arrastré un sillón, el más cómodo y, llevo esos días casi sin comer, embebido en esa mancha.
No quiero apartarme, no sé como nombrarla. Ya reconozco el semblante de Blanquita, mi prima quinceañera.
Mi casa se siente deshabitada.
Si me duermo tal vez no la vuelva a mirar a Blanquita
Ayer regresé al trabajo. No lo resisto.
Voy a renunciar.
Se fue de la playa. Se fue como pudo. Hizo la vela de su barco. Con el pecho entreabierto. Buscó su atornillada sangre en su cartón de identidad. Se quiso cambiar la piel. Se llenó de sal. No se cruzó con nadie. En pleno centro del océano ya no pudo regresar. Humillado en el vaivén de las olas fue prisión hasta sus últimos días.
¡Hay capitán Pesqueira!, tu codicia acabó con la firme arena de tu horizonte.
Se perdió en el pasillo. Como islas de ensueño, emergió al centro del océano. El cristal se hizo pedazos. Encuéntrame, suplica.
El coronel Acevedo capitán de grandes botas y sombra intimidante. Es como una hidra negra, gastada. Pisoteaba la tierra como un viento negro. Yo recuerdo la maléfica mirada de sus pupilas. Era un señor crecido por el miedo de los otros. Ningún mensajero recuerda sus batallas ganadas. Sobre la niebla reluce a penas su gorro frigio como ultimo sentimiento de una engañosa liberación.
Su sable se disputaba la sangre de los espías. El silencio crece como verdad. Ningún sobreviviente lo lamenta. Gustan de su mueca de cadáver en la trinchera de la historia.
Justino, vio como la espiral le subía desde el hueso calcáreo hasta el Atlas. No era la fuerza mística. Era la fuerza del cambio obligado.
Nunca sabremos si encontró la puerta de salida. Tal vez siga en espiral sin perder la vertical de su presente.