Renzo Redondo siguió la línea de sus padres: ir siempre por la sombrita. Delicado de epidermis salía de casa por la Avenida del Consuelo, doblaba a la izquierda enlazando con la calle de la Sombra, hasta llegar al consultorio del Dr. Demetrio. Después de la espera de una hora salía con un listado de pomadas y píldoras que terminaba con casi todo su salario. Entraba en la farmacia de la calle Pensacola. Esperaba que la sombra llegase para salir corriendo. Después de cinco cuadras, llegaba a casa escaldado y sudoroso. Respiraba profundo y comenzaba a sobar todo su cuerpo con la pomada de color verde. Árnica y alcanfor llenaban la alcoba. Perfumado entraba en un sueño vigoroso.
Al levantarse veía como delgada piel se engomaba en las sábanas. Gustoso de cambiar de piel, fue al armario y saco su disfraz de labrador. Ladró forzudo y moviendo a la cola comió de las croquetas dejadas el día anterior.




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