Llegaron el mes de julio. Aseados y con las uñas recortadas con sus amorosos perritos. Todos en el barrio les hacían cariños.
La primera en quejarse fue María, la siguió Julia y Don Ramón. Ya no soportaban que esas criaturitas peludas se orinaran en las puertas de sus casas.
Julia quería demandar a los Balmira por perturbar la higiene y Don Ramón, más sensato, pateó al más pequeño al verlo levantar la pata en su zaguán azul. María compró veneno para arrojarlo cuando se acercaran a su casa.
Los Balmira, en represalia juntaron palos y piedras y rompieron los cristales de todas las ventanas.
Por fortuna ya no hay perritos en la zona.




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