lunes, 29 de agosto de 2011

Terapia Frutal


Preocupado por el estado anímico de la guayaba, compré una papaya para que cuando menos, por tener la misma vocal repetida tres veces se sintiera mejor.

Creo que fue buena idea.
Sergio Astorga
Acuarela/papel 14 x 19 cm.

jueves, 25 de agosto de 2011

Espinado


La vocación de llegar siempre.
Anudado a la brújula en la habitación de las ausencias.
Llego espinado con ruidos de puertas y ventanas.
Llego de los ponientes geológicos.
Con un ademán solar y una inmóvil mirada.
Me cercioro que no hay nadie cerca,
sólo la penumbra de los cactus dejados en un jardín que ya no existe.

Estas carnosas palabras son para ustedes.
Para conspirar.
Para respirar.
Para que el ritmo con su antifaz sonoro perdure.
Para que del otro lado nos digan lo que somos.

Porque estoy confundido por llegar y crujir.
Porque el derrame del agua me convence.

Por el temblor.
Por el temor.
Por la oscuridad que espina.
Hoy voy llegando,
por la puerta de atrás del Abarrote.
Sergio Astorga

Acuarela/papel 20 x 30 cm.

lunes, 11 de julio de 2011

Derrumbe en la gruta

Hay un lugar que entra cuando el viento corre libre,
y los angostos pasillos se obsecionan por llegar.
Ciertas cavidades comparten su oquedad
y algunas astillas
se clavan en lo que eramos
porque lo que somos ya no importa.

La brújula en el crepúsculo y los niños de la aldea
juegan dezcalsos por el barro.

La tarde recorre los últimos tramos de luz y sus actos ya sombra,
se perfilan en los umbrales de la gruta.
Las voces de aquellos mercaderes ya no se oyen,

El chillido del agua cae hasta el fondo y naufraga.


¿Porqué se escucha la membrana del abismo como hembra en celo?
¿De dónde llega este bisturí silencioso abriendo la herida de los muertos?
¿De qué rostro sanguíneo viene esta tierra de mis uñas?

El tacto pregunta por el zumbido corrosivo de las moscas.

Te siento parte de esta caída porque no me conoces.

La memoria cambia de sitio, se pierde, vuela.
Un animal ha de ser el que ronronea en la piedra,

un petroglifo de perfiles bruscos y borrosos.
Un picotazo de ceniza entra en los ojos y se trasponen los altares.

Este negro boreal asume sus labios y los cierra.

¿Cómo elegir el arma cierta, arco flecha o azada?

¿Quién escucha y se viste y se marcha sin estela?
¿Cuándo llegará el resorte de la niebla que nos libere?


Hay un agujero que se llena y se derrumba.
Golpes ciegos.

Sergio Astorga


Tinta/papel 14 x 20cm.

martes, 21 de junio de 2011

Marino amor

En la piedra marina la pisada del agua latitud norte. La foca y la morsa zampaban sus miradas de sal como náufragos. El frío masculino se extendía al fondo del mar y los peces asustados dieron la vuelta a sus escamas y brillaron al sol con saña. Las medusas se zambullían al roce.
La foca hundía su mordedura por el cuerpo de la morsa entre algas marrones. La costa era lejana y el faro inútil al medio día, esperaba las sombras para recuperar el tacto. Las perpetuas olas sonaban a trenes submarinos y la espuma encadenaba la blancura en la orilla.
El océano y el viento silbaban el marino amor sacudiendo entre las mentes: el cristal veleidoso de los géneros.

Ya sin timón, cuando el marino amor prospera, en la arena se dibuja un mapa, por ventura, que marca para otros marinos la manera de encallar el desencanto.
Sergio Astorga

Acuarela/papel 14 x 19 cm.

viernes, 17 de junio de 2011

Entre ruedas

Rolar sin designios de mercurio o de tameme con el único fin de rimar la calle con el valle, la bicicleta fue inventada, porque fue inventada, con el principio básico de repartir la humanidad corpórea sin distingos de género a todo lugar donde la rueda, principio básico, pueda rodar.
En palabras llanas, Facundo pedaleo sin parar hasta que el trolebús lo dejó impactado en una nueva intertextualidad.
Sergio Astorga.

Acuarela/papel 20 x 30 cm.

martes, 14 de junio de 2011

El elefantilo amoroso

Oteando su sintaxis gris de paquidermo, el elefantilo levanta su trompa y un gran acueducto amoroso se desparrama por la estepa africana. No quiere inventar un ágil encuentro con la amada, se esfuerza por explicar su volumen con la ternura que le aguarda detrás de sus orejas. No será con la esgrima verbal con lo que logrará su conquista y es la prudencia de su memoria lo que fascina. Esquiva sus marfiles y le sirve de brújula el instinto de manada. Nadie sabe que su enorme intimidad lo tiene atrapado en un balbucir incomprensible. Obstinado, anda por verdes de artificio. Nadie lo mira. El viento no trae el perfume de la amada y otras faunas lo confunden. Su esfuerzo solar no trae el triunfo nocturno y ausente, el horizonte pulimenta su sueño zoomórfico de amante.
Sergio Astorga

Acuarela /papel 58 x 22

martes, 7 de junio de 2011

Acuaria en Idaho Falls

Baja la lluvia a las once de la mañana y se subraya su condición de pez de bello fino y escama de goma. El beso dulce se ha detenido en sus espinas y un corazón de huevo crudo se cuece en el sollozo de sus brazos.
Acuaria brotó ansiosa entre los árboles de agua dulce. Desnuda, se juntó con la miel asustada del labio mayor, donde respira su feroz flujo y el ágil ariete de su beso.

En el mes de junio cuando la rueca de hilo de agua hueca se destila, alguien husmeó por su cauda de traza de mujer y quedó atrapado en el mordisco de sus muslos.
Cuando vengas a Idaho Falls o mires por el mapa de tu laptop, una glotonería natural se untará por tu vertical silencio, te sentirás adulto y una embriaguez quedará errante hasta que llegues.
Sergio Astorga

Acuarela/papel 20 x 30 cm.

miércoles, 18 de mayo de 2011

A la torera

Ningún cielo varonil puede superar las tiernas frutas de mayo,
ni el mordisco de la tarde quiebra la noche suelta.
Las ramas de malva como dedos se ciñen por la cintura.
El vientre irisa la caricia blanda.
El tedio embiste de largo, duda y se castra.
Algo queda tendido entre la brasa y el pecho.
Siempre que embestimos hay un requiebro,
muros de color de grana y
banderillas de fuego en el percal del tiempo.
Sergio Astorga
Acurela /papel 23 x 59 cm.

martes, 26 de abril de 2011

Aniversario vs Olvido

Antojadizos amigos y amigas, caramelos y bonitas, que la dicha es mucha y la rechifla tumultuosa, que a este abarrotero por andar preocupado con los pagarés, las letras de cambio y de recambio, los lingotes de dudas, las cajas de perecederos e imperecederos y las imprecaciones e importaciones varias, se le ha olvidado que este Antojo cumplió el 24 de abril tres años de haber levantado la cortina.


Sepan que están invitados al recalentado. Qué pero le ponen a una paella extravagante con trocitos de embutido con carne de búfalo y con el indiscutible azafrán, que por estos lados es casi la joya de la corona, ya que por estos lares una bolsita de sólo 1.7 gramos cuesta la módica cantidad de 16 dólares. ¿Se les antoja? No duden, que Descartes calla cuando se trata de festejos. Para acompañar, de nuestra cava esencial, tenemos un vinillo de las Californias que no demerita la intensión del brindis.


No hay olvido que no pueda ser rescatado en un rapto oblicuo y sistemático, por eso y por otras cosas más, les ofrezco disculpas y sepan de viva voz, salido de lo más profundo de mi pecho lampiño, mi avidez por agradecerles su buena disposición, su buen humor y su lectura generosa y critica a lo largo de este trienio que espera llegar al sexenio con un poco de ingenio.


Gracias por el ayer y el hoy.


Abrazos sin olvidos, que así es el Abarrote.
Sergio Astorga


Acuarela/papel 20 x 30 cm.

jueves, 14 de abril de 2011

Tres Tizas

Interrumpimos el silencio en estos días en que el Abarrote cambia del estado gaseoso al estado insólito para compartir con toda mi estimable y platicadora clientela mi orgullosa participación en la sección Te cedo la palabra del blog Tres Tizas; donde cinco profesores de Lengua Castellana trabajan en diferentes centros educativos que se reúnen para compartir, reflexionar sobre temas educativos. Uno de estos profesores, Aster Navas del Foro la Nieve, de todos conocido, me ha cedido la palabra gentil y valeroso. Los invito a que me concedan un poco de su tiempo y visiten picando aquí de nuevo si no lo han hecho..

Por cierto, es curioso, la palabra tiza tiene su origen etimológico en el náhuatl tizatl: tizne ‘ceniza’ y atl ‘agua’, este origen es prácticamente desconocido ya que es más común usar en México la palabra gis. Queda hecha la invitación y pónganle tiza a su taco de billar para realizar una carambola de tres bandas.

Con las gracias a flor de sonrisa.

Así es el abarrote. Sergio Astorga

Dibujo en computadora, ni modo.

jueves, 31 de marzo de 2011

El Señor Oros III

DE COMO EL SEÑOR OROS TUVO UN ENCUENTRO INESPERADO, LO QUE SUCITO ESE ENCUENTRO Y LA INTEMPESTIVA SENSACION DE REGRESAR A DONDE NO SE QUERÍA.

Al segundo timbrazo el Señor Oros, dejó que la mecha de la melancolía se rebanara sin dejar rastro y al clamor del ring ring llegó a la puerta.

-Buenos días- le espetó una voz enganchada a un rostro de mediana edad acostumbrada a recibir los malos humores cuando se abría una puerta. -Buenos- respondió el Señor Oros más por rutina educada que por convicción anímica.

-Le venimos ofreciendo el nuevo Diccionario idiomático del español…

-Pare, pare, no estoy interesado. Gracias.

-Permítame mostrarle los beneficios de poseer un Diccionario en casa.

-Gracias, pero no.

-Espere… espere. ¿No es usted el Señor Oros?

-Soy.

¿No me reconoces? … Fabricio Morales… fuimos compañeros en la Secretaria de Desarrollo.

-¿Fabricio Morales?... eso fue hace más de diez años.

-Catorce cabalmente.

-Pasa- invitó el Señor Oros escudriñando en su memoria esos tiempos ya empolvados por el deseo de olvidarlos. - ¿Quieres un café?... Toma asiento.

-Gracias. Nunca pensé volverte a ver. Prácticamente desapareciste, nadie en la oficina sabía qué te había pasado, te fuiste como las chachas; ni un adiós. Te buscamos, eras querido ¿lo sabias? No es reproche, sólo quiero decirte que todos te extrañamos. Con dos tazas de café, el Señor Oros mostraba una sonrisa mecánica y con la mirada trataba de refugiarse en el librero buscando angustiosamente El Miedo a la libertad de Erich Fromm. Al encontrar el lomo amarillo con una cinta anaranjada de editorial Paidós, recobró el resuello y con su habitual firmeza contestó

-Me fui porque ya no estaba a gusto y me chocan las despedidas, es mejor irse y cortar la estela. - No te voy a contradecir pero…

-Desde que murió Luz, ya sólo vivo para mí. Si lo puedes entender, bienvenido.

-Lo entiendo. Lo entiendo.

Sergio Astorga

tinta /papel 20 x 30 cm.

jueves, 24 de marzo de 2011

El Señor Oros II

DE COMO EL SEÑOR OROS SE SUMERGE ENTRE SUS LIBROS, LAS CAVILACIONES QUE LE PROVOCAN Y EL ABRUPTO DESPERTAR PROVOCADO POR UN INSULSO TIMBRE.

Complacido y sin esfuerzo, el Señor Oros a veces se quedaba como objeto de pensamiento, como si lo que es, una persona que encabeza su cuerpo, sólo fuera apenas una proyección, un proemio emocionado de un canto a sí mismo. Una simple taza de café y un pan con mermelada producían, el ya tan conocido efecto de introspección a la infancia que era recobrada de un tiempo ya perdido. Tal vez por ser café y no té, el efecto que debía haberse prolongado se truncó y el Señor Oros, extemporáneo, se dirigió a su librero a verse entre ellos, los libros, para raspar en su retentiva esa edición de la Colección Austral de Espasa Calpe, El Criterio de Jaime Balmes, pero cuál no sería su sorpresa que en su búsqueda redescubrió de la misma editorial a su tan apreciado Robert Burton y su Anatomía de la Melancolía. Cambió de criterio y tomó con melancolía ese pequeño y marrón librito que tanto le sugestionó de adolecente cuando iba a la librería Parroquial, por los rumbos de Clavería y transitaba largas horas en sus tres pisos repletos de libros repasando y escondiendo los libros en diferentes estantes para evitar que otras manos pudieran llevárselos y él pudiera regresar al día siguiente para comprarlos. Te acuerdas la turbación que sentiste cuando viste el libro de Burton, cambiaste de opinión como cambiaste hoy, y devolviste el libro de Ortega ¿Qué es filosofía? Y regresaste a casa leyendo ávido, caminando sin importarte que varios coches estuvieran a punto de arrebatarte tu interés. Como en aquellas épocas el Señor Oros se sumió de nuevo en sus pensamientos. Es mi casa, se dijo, este mapa mental es el pan, es mi casa, cuando pienso en lo que soy, sufro de esta bilis amarilla y me resbala el alma y cae a la consciencia que es lo peor, porque entre cientos de bocas que hablan, ninguna se parece a la mía. Porque aunque esta camisa es mía y me lavo lo que ensucio y cabeceo sin salir del sueño, sigo sin encontrar el botón que me reafirme. Es verdad guardo los días y aunque la tierra navegue a 30 km/s al rededor del sol sigo siendo yo y mi librero. Y me viene a la cabeza ese bulto de ser la bilis negra. Si hablo conmigo es porque mi lado izquierdo se incomoda. No lo sé. Cuando siento que no hay días que guardar, regreso a mi oficio de hombre extraviado. Mi cuerpo es un combustible.
Sentado en un sillón con el libro sobre las rodillas el Señor Oros, se dejaba llevar por sus habituales combustiones olvidando que el timbre sonaba brioso y a pelo. Adolorido, duda, no reconoce los sonidos, imaginando que la melancolía suena alta.
Sergio Astorga

Tinta papel 20 x 30 cm

martes, 22 de marzo de 2011

El Señor Oros

DE COMO ES PRESENTADO EL SEÑOR OROS EN UN DIA CUALQUIERA, DE COMO SE SEÑALAN ALGUNOS RAZGOS DE SU TEMPERAMENTO, SU SALIDA AL BANCO, SU REGRESO, Y LO QUE SUCEDIÓ EN ESTA PRIMERA ENTREGA.

Hombre espontaneo de cráneo duro y sereno, el Señor Oros nunca permitió que sus manías afectaran sus más aferradas convicciones y si alguna vez se quejó, de inmediato acomodó sus quejumbres como se acomodan los platos en la alacena. Inocente aún a pesar de sus edenes manirrotos, creía que sus lecturas de infancia podían salvarle de cada situación de atropello, pasmo y embeleso que el mundo le brindaba. Atesoraba la edición de Sopena del Sí de las niñas, de Moratín, joya indispensable en su cómoda nocturna; desde su adolescencia no lo había vuelto a leer, pero evocaba la pálida ceniza de un sí, nunca dicho y siempre esperado. Menos inquietud le causaba su Dickens, La Historia de dos Ciudades, aplacaban sus cosmopolitas afectaciones. Pero su verdadero tesoro era la edición de 1942 de Editorial Sopena, El Anticuario de Walter Scott, en ese libro depositaba su punzante deseo de identidad, pero a decir de sus amigos, más que devoción al libro le entretenía el misticismo que según él, envolvía el concepto de guardar. Viudo por convicción, vivía calmoso como si su propio día a día fuese un epistolario venerable.
El Señor Oros tiene los pómulos recios, bien definidos, sin amargura en la frente y una voz firme, como de maternidad tibia y creciente. Si no fuera porque un tedio lánguido se presentó de improviso entre sus hábitos no sabríamos de su existencia. La fatiga de su traje, de un negro oscilante, tuvo que soportar otra puesta y enfrentar las miradas licenciosas del gerente del banco, que sin entusiasmo, le informaba de nueva cuenta que su dinero no recibía mengua y que gozaba de un buen capital. Ese día tuvo la impresión de que sus ahorros se secaban como el véspero por su ventana. Conciliado el sobresalto regresó a su casa con ese paso urgente del que ha salido aquejado más por la duda que por la necesidad. Buscó sus llaves en su bolsillo; metió la llave en la cerradura y empujo con todas sus fuerzas con la mano izquierda al enmohecido zaguán. No le gustaba alterar sus planes, y esa salida al banco, retrasó la preparación de su café con leche, pan tostado, mantequilla y mermelada de fresa, los lunes, miércoles y viernes y de piña los martes y jueves; sábados y domingos desayunaba fuera de casa. Reconquistada su autoconfianza volvió a sentir su cálida vida discurrir. Se miró al espejo, una imagen confidente le respondió fluctuante entre la bruma del invierno de su edad y el brote afectuoso de su indiferencia. Entornó los parpados y buscó los lomos de sus libros que en hilera repasaban las horas de silenciosa lectura. Hoy como nunca- se dijo, será venerable prolongar mis lecturas. Bebió su café y untó la mantequilla y mermelada como se escucha esa íntima aria fratricida.

Sergio Astorga
Tinta/papel 30 x 45 cm.