Algunas columnas estípite se caen de maduras.
Fotografía: Estocolmo, Suecia.
Entre tanto crack no pudo saborear su triunfo. No consiguió cruzar el río. La fiesta terminó pasada por agua. La corriente lo dejó dos kilómetros abajo, cerca de Horcasitas, su pueblo natal.
Su primera tocada en solitario. Su guitarra nueva y esa tonada monótona de autodestrucción se sigue tarareando en el barrio.
La congoja gime blanda por el occidente. El mar atlántico entra por el oído. La maestría del movimiento, en párrafos violentos, muestra siglos de dinastías de dioses ahogados por diferentes paraísos. El peligro anónimo se nos hace tierno al seguir el hilo del ahorcado. Retamos frente a frente, como si importara. A lo lejos se pierde el fondo, el clamor de las horas. No hay faro en la costa.
Recolectamos, como las nubes la luz que queda.
Fotografía: Granja, Portugal.
Para sus largas noches: el agua, para sus prados: la escarcha y para sus oídos la humedad de las palabras. Tan dulce su persona que sin querer mojarse vivía empapado y el agua le cubría de las rodillas al cuello. Si él pudiera decirnos qué se siente tener un ingrávida existencia, un alma fría, no pensaríamos que el calor de la hoguera es del amante la única verdad.
A él le gusta la ciudad vacía. En tiempo de lluvia descubre las alcantarillas y toma una siesta. Adora el agua. Nunca fue pez, ni marinero, pero quiso ser fuente.
Si dejas de lado tu paraguas y lo encuentras, susúrrale palabras mansas para que en el túnel del sueño no reclame su presente de agua.
Todo es relieve cuando se alcanzan los siglos. Las almas tiemblan en su viaje. Vagan. Yo respeto las hogueras, el fulgor que se apaga con el amante desolado. La brisa parda, la garza blanca y ese olvido injusto de justicia.
Un día, la tierra de tan vieja se detendrá y no habrá Roma. Y todo será distinto por entero.
Para contarlo de nuevo con ojo airado.
Fotografía: templo de Diana. Évora, Portugal
Las calles crecían como sus pasos en la noche redonda. Se miraron desde la nuca. Se contaron sus fatigas y envidiaron a los que murieron. Ellos se amaban. Se dispersaron por las sombras de la casa para decirse palabras. Aumentaron el frío entre sus pupilas. Corrieron las cortinas. Plantaron oliveiras e minho para despedirse.
Así dicen que se agostan las almas en su contexto.
Hasta la nube más opaca tiene las orejas al aire. La ciudad se anima llena de amor propio y tu y yo junto a los continentes, buscamos dibujos y manuscritos.
Indecisos.
Hacemos bibliotecas.
El Sr.Trampantojo tuvo el estomago cogido por una hambre que nunca pudo saciar. Fue hombre de una sola mirada. De una sola hora que sonó con esa rectitud que contradice la curva verdadera de la entraña. Su andar fue altivo y un pasado que reposó en cada una de sus camisas. Traía una cólera en los ojos y un vinagre se abotonó en el ojal de sus días. Yo lo estimé, con ese sentimiento de niño que no distingue al pájaro del buitre. Por eso cuando murió, lo limpie y le puse de nuevo esa tristeza en el ojo que le quedó. Le di un abrazo emocionado, lo dejé boca arriba para que la tierra lo cubriera grano a grano.
Sigo emocionado. Digo. ¿Qué podía Hacer?
El adobe tiene las huellas primas de la espiritualidad. Se juntan agua y cielo y los nubarrones suenan lejanos. Así estaba la Villa cuando llegaron entecos con paso rápido casi desnudos de cuerpo. Uno alto de ojo azul y otro bajo con el rostro moreno. No los unía parentesco, pero sí el estilo. Parecían trazos Mondrian a merced del espacio cuadrado. Nada más lejos del barro o del cieno. Hechos de modernidad, de aire neoyorquino. Su espiritual de acero y su nubarrón de boogie woogie. Poco tenían que hacer en un pueblo de cal y trigo. No llegaron en busca del padre, ni de infancias rotas, ni faldas, ni trenzas. Vinieron a curarse, a hidrogenarse y mascar la pedacería de imágenes que provoca el peyote.
El cristal sonó mojado y el instante de vida los ha dejado hermanos.
No por ser rústico, me di cuenta que somos de mundos distintos. Lo que vive y muere tiene que ver con lo que tengo. Ellos, exóticos, se perdieron en el viaje, río abajo.