martes, 22 de diciembre de 2015

Formalidad


Canturreaba amorosamente, canciones de fiesta que comienzan con un ir y venir de sensaciones primarias pero tan pegajosas que las pobrezas que las constituyen, uno las deja pasar como un gran bulto que es necesario poner en la habitación de los trebejos. Sin darse cuenta fue llenando la casa de discos grabados con los más variados artistas del momento. Su mal gusto no tenía medida. Compraba camisas amarillas con imágenes de leones o coyotes con las fauces abiertas. Y esos zapatazos de tacones gruesos que por ventura eran negros y mitigaba un poco el estrafalario pantalón verde. Ejercía su oficio sin problemas. Con una pundonor que estremecía. ¿Quién es uno para decir lo que es vestir con elegancia?  Donde hay un suelo o un alma que come el pan tremendo del día a día, es difícil mover la navaja con soltura. Cada quién sus pobrezas, pero uno se siente en realidad indefenso, esto de la estética tiene muchos siglos, una armonía vamos, indispensable, elemental. No es que uno sufra, pero duele, chillan los ojos, la nariz respinga. Uno raspa los conceptos, las inscripciones áureas. Independientemente de uno, hay algo que resbala, que sosiega, digo, cuando se mira la perfección. 

- ¿Cómo me veo?
- Bien.
- ¿Te gusta mi nueva camisa? Es un coyote canadiense.
- Impresionante.
- Si quieres te regalo una; compre dos.
- Gracias. Gracias. Pero a mí me gustan las palomas.
- ¿De veras? Ahora que vea una. Te la compro.
- No te molestes ya tengo suficientes.
- Como quieras. Me voy que tengo que ir por un disco de los Tremendos, que está buenísimo. Para bailar con la Jimena.
- Sigue. Sigue. No te entretengo.

Cuando menos la palabra tienen una forma que puede vestir al ojo, para que la afrenta pierda la tonada. Uno mira de abajo para arriba y a veces uno no sabe si el herir está en el decir o en el callar. Pasan los años y sigo sin resolver esta cólera de los desiguales.

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