En ese jardín de números que se cruzan en un arabesco infinito el tiempo crecía con la humedad. En este lugar legendario hay un provocador de números, que desconcierta cuando muy temprano alimenta las horas, les canta y como si fueran grillos las horas le responden con chillonas voces. Hace cien años, su abuelo comenzó con este hábito que se volvió oficio. Ya son casi tres mil horas reproducidas. Le llaman Maestro. Los días se han modificado tanto que los enamorados se agitan y se amontonan a la entrada del jardín, aún en invierno. El jardinero, sonríe, atiza sus números secretos y de los pliegues de algunos minutos, cristaliza los deseos de los amantes en un tiempo continuo, delicado e irrepetible.
COSAS DE CRÍOS
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Boca de piano la llamaban cada día en los pasillos, pero su padre le dijo
que no se dejara enjaular porque su sonrisa era preciosa. Una rareza....
Hace 1 día.




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